domingo, 20 de octubre de 2019

La ira estalla en Cataluña



Los jueces españoles dictaron sentencia condenatoria a los presos independentistas catalanes y la ira estalló en Cataluña. Los desmanes de los grupos manifestantes han superado todo lo previsible. Han interrumpido el tránsito urbano, han cortado las principales rutas interurbanas, han sitiado el aeropuerto hasta impedir el tráfico aéreo, han intentado asaltar edificios públicos estatales, han quemado contenedores de basura en las calles y, por si todo eso fuese poco,  han protagonizado enfrentamientos con grupos de manifestantes fascistas que ha hecho intervenir a la policía para evitar que se matasen entre sí.

Grande la tarea que los políticos catalanes independentistas vienen llevando a cabo desde que en el año 2011 el gobierno autonómico catalán de derechas decidió promover el afán de independencia para asegurarse votantes. Propaganda patriótica en todos los medios de comunicación dependientes de la administración catalana, manipulación de los informativos, falseamiento de hechos históricos, enaltecimiento de la nación catalana, siembra de banderas independentistas por doquier, manifestaciones masivas en fechas de significado histórico catalán…

Como colofón de tanta campaña patriótica, una declaración unilateral de independencia a cargo del entonces presidente de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont, quien acto seguido se refugió en Bélgica huyendo de la justicia española que lo acusa de haber violado la legalidad vigente. Desde allí prosigue su campaña en pro de la autoproclamada República Catalana, cuya defensa corre a cargo de guerrillas urbanas que con el nombre genérico de Comités de Defensa de la República (CDR) están protagonizando el vandalismo que impera en Cataluña.

Todo sea por la patria. Por la patria y por ocultar las estafas que se les estaban descubriendo a los políticos catalanes de derechas que ocuparon el gobierno autonómico durante veintitrés años.

Actualmente la mayor parte de los integrantes de las guerrillas CDR son gente joven que no ha vivido la opresión de la dictadura franquista. Responden a un odio atávico exacerbado por la propaganda que en estos últimos siete años han hecho las organizaciones patrióticas catalanas. No son conscientes de la manipulación de que son objeto por parte de unos políticos catalanes tan corruptos como los españoles de los que pretenden librarse.

Si el patriotismo consiste en amar la patria de la cual nos sentimos parte. Si la patria es el país donde hemos crecido, con su gente, su cultura, su modo de sentir y de ser. Si amar consiste en cuidar y aportar, en unir esfuerzos para lograr una vida mejor para toda la población. Si ser patriota consiste en defender derechos, pero no en ponerse de parte de quienes los vulneran, de quienes eslavizan a la población con impuestos y políticas neoliberales que siembran desigualdad y miseria. Si eso es así, entonces debemos reconocer que esos pobres diablos que obedecen órdenes de políticos neoliberales no son patriotas. A lo sumo serán unos pobres ingenuos que no saben lo que hacen.

Somos conscientes de que el secular autoritarismo de los gobiernos españoles permanece como en los mejores tiempos de la dictadura. Nunca el diálogo y la voluntad de convivencia política han triunfado en España, patria de codiciosos conquistadores. Pero sembrar odio es peligroso. En todo tiempo desde que tenemos memoria histórica, el sentimiento identitario ha sido causa de desmanes, crímenes y guerras en el mundo entero.

Lanzar a la población a una confrontación identitaria para obtener beneficios electorales puede ser válido en política, pero no nos parece ético ni sensato. Si algo es difícil de controlar y a la vez fácil de manipular en el ser humano son los sentimientos identitarios. Porque somos gregarios, porque no soportamos la soledad, sentimos necesidad de identificarnos con algún colectivo que nos dé seguridad. La idea con que nos identificamos late siempre en lo más hondo del corazón.

Los políticos independentistas y de derechas catalanes han abusado del sentimiento adverso hacia el Estado español. Las consecuencias que eso puede acarrear pueden ser muy graves. No tan solo pueden causar perjuicios políticos para el pueblo catalán sino también para el resto de España, de la cual, de grado o por fuerza, somos parte.

Quienes a lo largo de nuestra vida hemos padecido la opresión del Estado español y hemos hecho cuanto ha estado a nuestro alcance para combatirla rechazamos ese irracional independentismo que unos políticos catalanes han fomentado para su propio beneficio.

La desigualdad que generan las políticas neoliberales que imperan en el mundo y concretamente en nuestra patria exige la unión de todas las clases oprimidas. De no ser así, la opresión continuará, tanto si Cataluña es parte de España como si es un estado independiente. La guerra de los ricos contra los pobres seguirá y quienes ahora gozan de un cierto bienestar de clase media acabarán viendo cómo sus privilegios decaen.

Parémonos, pues, a reflexionar. Acabemos con la estulticia colectiva y apliquemos nuestras fuerzas a luchar contra el verdadero enemigo. Porque no seamos los más pobres del mundo no nos pongamos del lado de quienes defienden a los ricos opresores. Obremos sensatamente y luchemos por lo que debemos luchar. /PC

Publicado en ECUPRES

martes, 3 de septiembre de 2019

El poder de las fantasías



Desde los más remotos tiempos, el ser humano ha seguido las sendas que le marcaban sus fantasías. A impulso de ellas ha emprendido viajes, ha explorado parajes desconocidos, ha construido ciudades y caminos, ha declarado guerras, ha sometido a congéneres y se ha sometido a sí mismo. Diríase que fantasear ha sido y es una forma de vivir de antemano en la imaginación lo que luego se va a vivir en la realidad.

Allá por la Edad Media, en nuestro mundo cristiano, los muros de las iglesias románicas estaban cubiertos de pinturas que representaban símbolos religiosos y escenas de intención catequética. Pinturas admirables, de bello y vistoso colorido, que cautivaban la mirada de quienes las contemplaban. Escenas cargadas de emoción que removían los sentimientos de los fieles y dejaban su mente en situación de vulnerabilidad ante los sermones de los clérigos.

Pinturas murales, relieves escultóricos en pórticos, retablos y capiteles, celebraciones cargadas de magnificencia, procesiones, cantos, escenificaciones de admirables episodios protagonizados por personajes santos y aun divinos se unían a las pinturas y daban soporte a unas fantasías en las que el premio a la sumisión a la Ley de Dios era la felicidad en el más allá, en tanto que la transgresión comportaba el castigo perpetuo.

Nadie escapaba a la justicia divina. La esperanza se unía al temor en el empeño por someter a la población creyente. Para su bien, decían los clérigos. Para que cuando muriesen fuesen al Cielo, a ese lugar imaginario donde todo es felicidad, donde no hay pena ni sufrimiento alguno. Donde las almas bienaventuradas gozan indefinidamente de la presencia del Divino Creador. Pero, ¿era ese el propósito de los clérigos o quizá estaban al servicio de los poderes terrenales más que del Dios que predicaban?

Con el paso de los años, conforme el raciocinio fue dejando a un lado la credulidad, el pensamiento religioso fue perdiendo fuerza. No es que desapareciese pero la conducta de la clerecía, siempre al lado de los poderes terrenales que oprimían al pueblo, fue cuestionada cada vez más por la población oprimida. De ahí que los opresores buscasen otras formas de controlar la conducta de las masas y, sin dejar de lado la violencia, tomasen ejemplo de la clerecía y confiasen a la fantasía la tarea de someterlas.

Los avances tecnológicos pusieron al servicio de los poderes terrenales herramientas de comunicación como la radio y el cinematógrafo, las cuales superaron en mucho las de los clérigos. La radio llegaba a todos los hogares y, en las grandes salas de cine, las imágenes y el sonido despertaban la admiración de las gentes y estimulaban la acción de las neuronas espejo en sus cerebros. Para bien y para mal, los usos y costumbres que mostraba la pantalla se tornaban moda en la población.

La tecnología siguió avanzando y hoy lo audiovisual llega a todos los rincones del planeta Tierra, penetran en todos los hogares y formatean la mente de la mayor parte de las gentes. El placer, el bienestar y la felicidad aquí y ahora son oferta continua en los audiovisuales que bombardean las mentes de las clases menos favorecidas. El deseo despierta y los cerebros se disparan a fantasear.

Escasas y raras son hoy día las mentes que se libran de las fantasías gestadas por la publicidad. El deseo de conducir el último modelo de una determinada marca de automóvil o de gozar de lujos que la realidad no concede puede ser tan fuerte como para comprometer buena parte del salario a fin de satisfacerlo.

Un día tras otro durante veinticuatro horas, la publicidad va creando fantasías que esclavizan a las gentes. El consumismo se impone en la forma de vivir actual. Poseer lo que la publicidad señala es necesario para alcanzar aceptación social: un auto acorde con el estatus social al cual se aspira, un vestir también adecuado y todo cuanto configura la imagen que la TV ha imbuido en la cabeza de sus televidentes.

Para adquirir lo que la fantasiosa forma de vivir señala hay que conseguir dinero, lo cual significa tener que trabajar para quienes lo poseen. Cuanto mayor sea el servicio mayor será la retribución. Cuanto más beneficio dé a los amos más posibilidades tendrá de satisfacer las fantasías que la TV despertó en su mente y mayor será el estatus social que podrá alcanzar.

Todo está diseñado y programado para que las clases humildes se pongan incondicionalmente al servicio de las adineradas. Los programas de estudio, desde el jardín de infancia a la universidad, llevan a la forma de vivir que el capitalismo más feroz e individualista dispone. La esclavitud sigue vigente en todo el orbe capitalista. Tan solo un porcentaje muy bajo de la población lucha por romper esas terribles cadenas.

Los poderes terrenales siguen imponiendo hoy día su voluntad a las masas del mismo modo que la imponían en aquellos lejanos tiempos de la Edad Media: mediante una forma de vida ineludible, imposible de zafar porque la estructura no lo permite, y un universo mental de pura fantasía. Fantasías religiosas antaño, puro hedonismo hogaño. Felicidad a cambio de sumisión ayer y ahora.

No es que en el largo recorrido de la historia no hayan surgido personajes y gentes que hayan iniciado proyectos liberadores. Mentes que han imaginado sociedades más justas, más solidarias, más acordes con la dignidad humana, las ha habido y las hay en el mundo religioso y en el profano. Pero los poderes fácticos han puesto siempre su empeño en neutralizarlas.

Hoy vemos que la mayor parte de las naciones está gobernada por personajes que parecen dementes. Con tal de afianzar su poder siembran miseria y muerte en el mundo entero y destruyen cuanto se opone a sus designios. ¿Cómo entender la ambición de quienes tienen mucho más de lo necesario? ¿Qué fantasías anidarán en sus cerebros?

A impulso de las fantasías el ser humano ha desarrollado, durante siglos,  eso que llamamos “progreso”. ¿Serán también ellas, las fantasías de los poderosos, la causa y motor de la destrucción de la humanidad entera? /PC


viernes, 16 de agosto de 2019

Argentina recupera el pulso mientras España duerme



Qué gran aplauso nos merece el pueblo argentino en su rotundo NO a las mentiras de un gobierno de mafiosos represores, destructores de la cultura y de cuanto redunda en el bienestar de las clases menos favorecidas. Ese rechazo es una más de las muchas muestras de madurez política y conciencia social que a lo largo de su historia ha dado ese gran pueblo.

Mientras Argentina despierta del sopor en que la sumieron unos medios informativos al servicio de la más ambiciosa oligarquía, el pueblo español permanece impasible ante la continua avalancha de falsedades que los informativos no paran de segregar. Y así, en unas elecciones donde Unidas Podemos (UP) ofreció opciones de izquierda dignas de ser tomadas en cuenta, el electorado prefirió la vacuidad del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), un partido que desde 1982 es un bastión de la derecha disfrazado de izquierda.

No es extraña tanta estulticia en esta vieja España. Una profunda limpieza ideológica perpetrada por el franquismo, durante la guerra y después de ella, dejó el país sin mentes revolucionarias. Miles de muertos en combate y en la población civil. Miles de asesinatos posteriores al triunfo de los golpistas. Muerte y terror durante una larga dictadura de cuarenta años arrancaron de raíz todo el pensamiento humano que espíritus generosos habían sembrado. Y remató la desgracia cuarenta años más de una democracia de estilo burgués con los mismos poderes fácticos que sostuvieron la dictadura. La barbarie triunfó, y su triunfo llega hasta nuestros días.

Poca izquierda tenemos hoy día en esta vieja España, coto de caza de oligarcas y usureros. Pero menos sentimiento de dignidad muestra el pueblo cuando se le brinda la ocasión. El consumismo, con todo el aparato ideológico que conlleva, ha hecho estragos en la mente de la gente. Ya nadie piensa más allá de lo que afecta a su presente inmediato. Ya ni el futuro de sus hijos les mueve a pensar en la trascendencia de las decisiones políticas.

No luce la esperanza por acá en los tiempos que corremos. Ni en los años del nacionalcatolicismo hubo tanto lavado de cerebro como lo hay ahora. El terror y el clero juntos no pudieron lo que puede hoy día el televisor. Gracias a él y a los inestimables servicios de unos profesionales expertos en desinformación y publicidad, dejan de pensar las gentes y entran en permanente estado de idiotez. Y así, sin esfuerzo alguno, los bandidos profesionales ocupan los cargos que dirigen el destino de la nación.

La codicia de los ricos marca el ritmo de los azotes que recibe el pueblo desposeído. Una restricción tras otra va apretando la soga en las gargantas. La asfixia crece. La gente aguanta sin apenas respirar. ¿Hasta cuándo?

Hoy es el pueblo argentino quien grita BASTA. Su grito resuena lejos, como resonó el de todas las gargantas que lucharon y el de quienes dieron su vida en aras de la libertad. Fruto de esas resonancias fue la huelga de La Canadiense en Barcelona, en febrero de 1919, la cual dio lugar al primer decreto de jornada laboral de ocho horas que dictó un gobierno en el mundo entero. Nunca se sabe el alcance de una lucha. Pero ninguna es estéril.

Sabemos que los violentos no se van a rendir. Que su afán de tener esclavos no va a menguar por unas nuevas derrotas. Que van a morir matando. Que su política es de tierra quemada y campos sembrados de sal. Pero también sabemos que la humanidad progresó en derechos cuando unas almas rebeldes se lo propusieron.

Hay que evitar a toda costa que la molicie de las gentes se una a la violencia de los opresores. La lucha tiene diversos frentes y hay que combatir en todos. Hay que cultivar la rebeldía sin tregua. Todo es cíclico en la vida. Las semillas que esparce el viento germinan y arraigan cada tanto. Habrá que ver cuánto tardan en brotar de nuevo en esta vieja España. /PC

martes, 16 de julio de 2019

Acerca de la cultura monógama



La propiedad privada, base del patriarcado en opinión de muchas mentes pensantes, es el principio que fundamenta la monogamia. La transmisión de bienes por herencia, la certeza de que el patrimonio se transmite a la par que los genes, exige la fidelidad de la mujer al hombre que la fecundó. Esa exigencia es lo que da derecho a los hombres a controlar la vida de las mujeres. De ahí a “la maté porque era mía”, hay solo un paso.

Sea o no sea ese el origen del patriarcado, lo cierto es que la idea de bienes comunes ha ido menguando con el paso del tiempo. El exterminio de quienes la compartían, en manos de quienes se rigen por la codicia y el egoísmo, ha impuesto la propiedad privada junto con la aceptación de “la razón de la fuerza” como principio rector en las relaciones humanas a nivel social y personal.

Tan arraigada está la idea de lo propio en nuestra civilización que difícilmente hallaremos un colectivo en el cual predomine la idea de bien común, en el cual todo esté a disposición de quien lo necesite. En el pensamiento hegemónico la generosidad que lleva a compartir va a la par con la bobería.  

Hasta tal punto se ha impuesto el concepto de propiedad privada, que abarca incluso a los sentimientos. En el sentir general nadie que esté bajo compromiso amoroso puede amar a nadie más que a la persona con quien se comprometió. Es la cultura monógama. No tan solo la exclusiva corporal sino también la afectiva.

Ni que decir tiene que una tal forma de pensar tiene que topar con muchas dificultades. ¿Quién puede garantizar que va a satisfacer todas las necesidades de su pareja? Por supuesto que nadie, a menos que la pareja sea de piedra. El enamoramiento dura un tiempo y luego prevalece el compromiso.

En una sociedad de pactos y propiedades, el contrato es la base de toda relación humana. Más allá del sentir está el deber. Nada cuenta el querer donde el deber impera. Se ama por obligación. Se quiere por obligación. El deber exige sumisión absoluta al derecho ajeno. Se apedrea a la adúltera hasta matarla. No al varón, ya que su infidelidad no pone en peligro la justa transmisión del patrimonio.

Con el fin de no llegar a extremos tales, se inventó el divorcio. Pero no la libertad de conciencia, ni el derecho a compartir. La exclusividad permanece incuestionable. Las parejas que se formen tras el divorcio deberán seguir las reglas de la monogamia. No es extraño, pues, que cada día haya más mujeres con talento que renuncien al compromiso matrimonial y aun de pareja en bien de su libertad.

Cuando amar es una obligación, lo primero que se conculca es la libertad. Libertad para desear. Libertad para amar. Libertad para sentir y vivir de acuerdo con los propios sentimientos. Se instala la esclavitud emocional. Mengua el interés mutuo. Las obligaciones cotidianas pasan al primer plano en la relación de la pareja. El descontento suele crecer a la par que las exigencias. Ya no es el amor lo que les une sino conveniencias de orden material o social, o la responsabilidad en caso de que haya hijos.

El sentido del deber habrá salvado a la pareja, pero a costa del amor. En el mejor de los casos, los hijos crecerán en un ambiente confortable, en el cual el orden y el deber prevalecerán sobre la libertad y el amor. Pero también es posible que crezcan en un ambiente de manifiesto descontento en el que abunden los reproches y las quejas. En cualquier caso, no crecerán en un entorno de amor sino de obligación. El orden establecido primará en su vida sobre la libertad. Para bien o para mal, la cultura monógama hará nido en su mente.

No nos proponemos con cuanto antecede denostar la monogamia sino tan solo reflexionar sobre algunos de sus inconvenientes, ya que tenemos firme convencimiento de que todo pensamiento hegemónico merece ser cuestionado. La monogamia tiene sus cosas buenas, y puede ser una forma de vida respetable. Pero tiene también muchos inconvenientes que exigen ser superados.

Desde una perspectiva de superación humana, no resulta aceptable ninguna forma de sumisión. No nos parece justo que nadie tenga derecho a controlar los sentimientos de nadie. Es más, rechazar a alguien por el simple hecho de no poder poseerle plenamente nos parece una mezquindad, un claro desprecio al valor de esa persona, a lo que de ella nos puede enamorar.

Una relación de pareja basada en la fidelidad puede dar la seguridad que la mayor parte de los seres humanos desean en su vida. Un régimen autoritario y aun de esclavitud también puede ser, en cierto modo, una garantía de seguridad, pero difícilmente lo será de felicidad. La persona sometida deja de ser un ser humano con plenos derechos para convertirse en objeto poseído. Mayor degradación, imposible.

Una relación humana basada en el autoritarismo nunca dará luz a elevadas cotas de amor, de comprensión, de empatía, de solidaridad. Tan solo el amor lleva al amor. Y el amor exige comprensión y generosidad.

Los seres humanos tenemos mucho que ofrecer en nuestras relaciones, tanto sociales como de pareja. Pero no es razonable pretender que alguien sea capaz de satisfacer en todo momento las necesidades afectivas de alguien. No somos perfectos ni simples. Somos complejos. Y nuestras necesidades afectivas también lo son.

Pensamos que las exigencias propias de la cultura monógama deben ser superadas. Que hay que aprender a compartir afectos. A amar libremente, sin exigencias. A gozar del amor que sintamos por nuestra pareja y del que de ella recibamos. La libertad es el principio básico de la felicidad.

Sabemos que sustituir un paradigma sólidamente instalado no es algo fácil. Cambiar de modo de pensar no está al alcance de la gente común. Pero sí lo está reflexionar sobre el modo como vivimos. A eso invitamos. /PC

viernes, 3 de mayo de 2019

De la teocracia fascista a la manipulación capitalista



Los años pasan. Las fechas caen y se desvanecen. Las nuevas generaciones no heredaron la memoria de sus progenitores. Cada ser humano vive su vida, no la de quien lo engendró ni la de quien lo parió. Las luchas de la abuela y del abuelo son lejanas historias sin apenas significado para quienes en su niñez las escucharon, que cada vez son menos.

Pasó la Semana Santa de antaño con sus lutos y su dictatorial imposición de silencio. Con sus procesiones de devoción profunda, sus penitentes de pies descalzos y tobillos encadenados. Misterios de dolor y viacrucis. Banderas a media asta y con crespones. España entera penaba por la muerte de Jesucristo Nuestro Señor, que sufrió martirio y entregó su vida para redimir nuestros pecados.

En aquellos tiempos en que el poder de la Iglesia se manifestaba a través de las leyes y disposiciones del gobierno, cualquiera podía ser detenido por la denuncia de alguien adicto al régimen. Un beso amoroso en un lugar público podía acabar en la comisaría de policía. El adulterio de la mujer (nunca del hombre) comportaba una condena de varios años de cárcel. El respeto a la moral católica era de obligado cumplimiento en la España del nacionalcatolicismo fascista.

En la escuela se enseñaba el Catecismo de la Doctrina Cristiana. Se rezaba por las mañanas antes de comenzar las clases, tras haber izado la bandera y cantado el himno nacional. También se rezaba todas las tardes del mes de mayo el santo rosario y se cantaban alabanzas a la Santísima Virgen María Madre del Redentor: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María que madre nuestra es”. Se iba a misa todos los primeros viernes de mes para que niños y niñas pudiesen comulgar y así ganarse el Cielo, según promesa del Sagrado Corazón de Jesús.

Pasaron los años. Cayó la dictadura y apareció la democracia, como por ensalmo, en esta  España reducto de los valores eternos. Reliquias tan sagradas como el brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús, cuyos restos descansan en Alba de Tormes, dejaron de aparecer en los noticiarios. El Cielo de la Santa Madre Iglesia fue sustituido en la televisión por el de la meteorología. Obispos, cardenales y curas predicadores dieron paso a periodistas y publicistas fieles al sistema. El consumismo había llegado ya para instalarse y en cada hogar había televisor, caballo de Troya del capitalismo.

Se trocó el luto por el disfrute. La Semana Santa es tiempo de vacaciones. Las procesiones son puro espectáculo. El final de la teocracia es bendecido por agencias de viajes, hoteles y restaurantes, publicistas, constructoras y vendedoras de automóviles, accionistas de autopistas y una retahíla de pequeños y grandes negocios que vacían los bolsillos de quienes se les acercan. Sin olvidar los bancos, pues hay quien se endeuda para poder gastar.

En principio, el mundo entero debiera festejar ese paso del oscurantismo religioso al predominio de ese hedonismo que tanto denostó el catolicismo que nos oprimía. Pero vale la pena que nos detengamos a reflexionar.

El continuo dispendio que nuestra actual forma de vida exige lleva consigo la necesidad de ingresar dinero, lo cual hace que la gente se someta a las exigencias de quienes se lo ofrezcan a cambio de horas de trabajo. Los medios de producción y de distribución de productos básicos están hoy más que nunca en manos de grandes empresas capitalistas. La población rural autosuficiente ha sido eliminada. La gente vive mayormente en aglomeraciones urbanas. La dependencia del dinero es absoluta y con ella lo es el poder de quienes regentan los puestos de trabajo. A más necesidad de la gente, más posibilidades de abusar de ella.

Los grandes medios de difusión informativa están en manos del sistema. Ninguna noticia que pueda perjudicar los intereses de las clases dominantes es emitida. Tampoco lo es ninguna opinión que les sea adversa. Tanto la forma de vida como el control de los informativos tienden a configurar el modo de pensar que más conviene a las clases privilegiadas.

Por si eso no bastase, ante el ineludible pragmatismo que vivir exige, toda la enseñanza se ha organizado para instruir a la población escolar según los conocimientos y habilidades que el servicio al sistema exige. Cualquier materia que no contribuya a ese fin ha sido descartada. Hay un claro menosprecio por las humanidades y por todo cuanto pudiera llevar a las nuevas generaciones a discrepar del pensamiento hegemónico.

El poder cambió la forma de asegurarse el dominio del pueblo, pero no renunció a ejercerlo. Si antes la religión hacía que la gente mirase al Cielo para que no tomase en consideración lo que ocurría en la Tierra, ahora la publicidad y los medios de difusión ofrecen paraísos terrenales a quienes mejor sepan servir al sistema. El lavado de cerebro se ha perfeccionado. Era más fácil zafarse de los sermones del clero que de las zalamerías del televisor y de las garras del consumismo.

Visto el panorama social desde esta perspectiva, el futuro no parece halagüeño. Pero la vida es imprevisible. El planeta Tierra se está volviendo cada día más inhabitable por la degradación que la codicia capitalista somete a la naturaleza. Las aguas se envenenan, el aire se enrarece. Llegará pronto un día en que no se podrá vivir. ¿Tomará entonces la gente conciencia de la maldad de quienes gobiernan y obrará en consecuencia? ¿O antes de que eso ocurra el pueblo habrá dicho basta de ignominia?

Nadie sabe lo que va a ocurrir. Pero la capacidad de razonar y la rebeldía son inherentes a la naturaleza humana y en ellas radica la esperanza. /PC

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https://ecupres.com/2019/05/06/de-la-teocracia-fascista-a-la-manipulacion-capitalista/

martes, 23 de abril de 2019

El tiempo que se nos va y el que se avecina



Muere la actriz sueca Bibi Andersson, protagonista de numerosas películas de Ingmar Bergman. La noticia nos entristece y nos trae el recuerdo de los muchos personajes que con su hacer contribuyeron a forjar nuestro mundo interno, nuestro universo mental. Cada uno en su momento y en cada circunstancia nuestra. “Siempre es incierto el espacio de uno mismo en el que podemos, lentamente, edificarnos”, escribía en su propia lengua el poeta catalán Miquel Martí i Pol (la traducción es nuestra).

En permanente incertidumbre nos hemos ido edificando. Incertidumbre en el sentir, en el pensar, en el hacer. Y de esa incertidumbre han ido surgiendo nuestras actuales certezas y también nuestras dudas. Dudas que en su momento socavaron nuestra fe, esa confianza ciega en los principios y valores que han regido nuestro hacer. Y también nuestra esperanza en la consecución de un futuro más justo, más humano.

Quienes hemos vivido la mayor parte de nuestra vida adulta en la segunda mitad del siglo XX hemos visto en lo que llevamos del XXI cambios que nunca habíamos imaginado. La ciencia ha dejado de ser motivo de esperanza para convertirse en una amenaza, no tanto por ella misma como por las posibilidades de mal uso que ofrece. Los audiovisuales invaden la vida de las gentes y las subyugan hasta el punto de controlar sus sentimientos y su conducta. El mal llamado progreso destruye la naturaleza a pasos agigantados. El ser humano acumula cada vez más saberes pero menos sabiduría.

El tiempo que se avecina se parece muy poco al que vivieron quienes ahora se fueron, se van o estamos prontos a irnos. La conciencia de clase apenas se vislumbra. La máxima aspiración de la mayor parte de la gente es tener un empleo bien remunerado, sin importarles de qué bando se ponen con ello. Nada nuevo, pues mercenarios los hubo siempre. Pero ahora el afán de medrar parece ser la mayor de las aspiraciones de todo ser humano.

El pasado 14 de abril se ha cumplido acá, en España, el 88 aniversario de la proclamación de la II República. Igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Instrucción gratuita para el pueblo. Limitación de privilegios. Un conjunto de derechos humanos que no podía tolerar el poder opresor, que se alzó en armas. Miles de voluntarios de diversos lugares del mundo vinieron a defender la República. Pero se unieron los fascistas y vencieron.

Esa gesta de progreso humano y otras también trascendentales ni siquiera se recuerdan ya. Diríase que el pasado no cuenta. Y no obstante el presente y el futuro son herederos de él, porque nada surge de la nada. Nada conocemos, hasta el momento, que se origine en sí mismo. Todo tiene una causa, un ascendente. Todo proviene de pensamientos y de hechos que trascendieron.

La desmemoria es una constante en este tiempo de ahora. La desinformación impera. Los poderes hegemónicos han reescrito la historia y han borrado todo lo que no les convenía. Y lo siguen haciendo. La mayor parte de la gente ignora la verdad de casi todo lo importante, todo lo que puede mejorar la vida de millones de ser humanos a cambio de entorpecer los planes de quienes oprimen a la humanidad. El pensamiento colectivo está, a nivel mundial, en manos de malvados codiciosos. La tecnología les ofrece inmensas posibilidades. La inocencia está cada vez más desamparada.

La lucha entre el bien y el mal se está librando en todo el mundo en las mayores condiciones de desigualdad. En tanto los agentes opresores disponen cada día de más recursos, los que resisten tienen que valerse de las migajas que se desprenden de su opulencia manipuladora. Es el bíblico combate entre David y Goliat. Solo cabe luchar y confiar en lo imprevisto.

Confiar. Tener fe. Creer y actuar aunque dudemos, aunque no creamos firmemente, pero creyendo, eso sí, que solo nuestro hacer puede cambiar el extraviado rumbo de la humanidad. Que la inoperancia es suicidio colectivo. Que quienes ahora pilotan esa inmensa nave humana que puebla el planeta Tierra navegan sin rumbo, pues abandonaron la brújula hace tiempo y dejaron de mirar al cielo para orientarse con las estrellas. Que hay que arrebatarles el timón, como sea, antes de que naufraguemos definitivamente.

En este último tramo de nuestra personal historia, nada debe entibiar el afán de luchar y de amar que ha llenado de sentido nuestra existencia. De amar, sí, porque quien lucha en pro de un mundo mejor lo hace por amor. Por amor al bien común. Por amor a la humanidad, a esos millones de seres que son víctimas de la vorágine de los codiciosos. Dejar de luchar sería una deserción, un abandono imperdonable, un pasarse al enemigo, una indignidad no merecida que llenaría de oprobio nuestra memoria.

Para resistir nada mejor que pensar en todo lo bueno que nos legaron quienes nos precedieron. En sus luchas. En su fe. En esa fe que compartimos aun sin darnos cuenta a veces, aun sin querer, pese a todas las evidencias, pese a todos los malos augurios que los informativos nos traen.

No se trata de morir luchando, como preconizaba Petrarca, para honrar con una bella muerte toda nuestra vida. Se trata de vivir luchando hasta el último momento para transmitir nuestra fe con nuestro ejemplo. Para dar a quienes nos sucedan razones y motivos como los que nosotros recibimos de quienes nos precedieron.

Sabemos bien que el ser humano es diverso. Que cada cual es como es. Que hay quien parece haber nacido para oprimir; quien para someterse; quien para resistir todas las opresiones. Sabemos que eso es así y que difícilmente se podrá cambiar. Pero sabemos también que en el espíritu que anima a quienes resisten, está la esperanza. /PC


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domingo, 14 de abril de 2019

Dudas heréticas


El mundo en que vivimos es casi en su totalidad un territorio de guerra. Lo viene siendo ya desde muy antiguo. Quizá desde la prehistoria. Pero desde la Ilustración acá se suponía que la humanidad avanzaba por sendas de civilización y humano entendimiento. Hoy vemos que no. Los poderosos siguen sin poner freno a su desmesurado afán de hacerse los amos del mundo.

Ante la mucha falta de humanidad que nos aterra, el papa Francisco, como máxima autoridad de la Iglesia Católica Romana, lanza tibios mensajes conciliadores que dejan serias dudas del papel que toman él y la institución que preside. Un día pide apertura al gobierno cubano, es decir, libertad para el capitalismo. Otro le pide al gobierno venezolano que dialogue con la oposición, una oposición que no quiere diálogo sino hacerse con el poder para entregar el país y la nación al Imperio. Más tarde destituye a un obispo que denuncia una represión que lleva ya más de 350 asesinatos…

Nadie sabe de qué lado están el papa Francisco y la institución que preside. Pero no debe extrañarnos, porque la Iglesia Católica Romana ha sido pródiga en ambigüedad a lo largo de los siglos. Ha predicado humildad desde situaciones de poder. Ha alabado la pobreza mientras acumulaba patrimonio y riquezas. Ha predicado misericordia mientras se mostraba inmisericorde con quienes consideraba herejes.

Ante tales evidencias, no hace falta ser hereje para dudar de todo lo que esa “santa institución” ha predicado y predica. Entre los muchos interrogantes que nos asaltan, podemos señalar los siguientes:

¿Cómo sería nuestra civilización occidental, supuestamente cristiana, si la Iglesia Católica Romana se hubiese comportado de forma coherente con lo que los evangelios dicen que fue el mensaje de Jesús de Nazaret? 

¿Cómo serían los países de supuesta tradición católica si esa Santa Madre Iglesia no hubiese colaborado, por activa y por pasiva, con los muchos gobiernos criminales que a lo largo del tiempo han tenido que soportar sus poblaciones?

¿Cómo sería nuestro mundo occidental si las personas que se definen como católicas centrasen su ética y su forma de vida en el revolucionario mensaje que encontramos en los evangelios que conocemos como de Marcos, Lucas y Mateo?

¿Hubiese querido el bíblico Jesús de Nazaret verse involucrado en la religión oficial del Imperio Romano o en las poco ejemplares actuaciones de esa Iglesia que afirma ser depositaria del mensaje evangélico?

¿Consideraría Jesús seguidores suyos a quienes a lo largo de los siglos han dado soporte e incluso han protagonizado sangrientas guerras y crueles genocidios?

¿Y a quienes hoy día eligen para gobernar a políticos y partidos de clara ideología neoliberal, con desprecio del mucho daño social que dichas políticas conllevan, los consideraría Jesús seguidores suyos?

Y puestos ya a dudar y preguntarnos, ¿habría llegado hasta nuestros días esa iglesia si no se hubiese prestado  a colaborar con todos los poderes terrenales de su tiempo? Y si la respuesta fuese sí, ¿qué tendría de cristiana dicha conducta?

En el seno de la humanidad hay, desde hace siglos, una feroz lucha entre el bien y el mal  Miles de personas, religiosas y laicas han dejado su vida en la lucha por un mundo más justo, más fraterno, más humano. Millones de gentes de diversas ideologías y creencias han militado y militan en las filas del bien común. 

¡Qué pocas noticias hay de la participación de esa institución eclesiástica al lado de los pueblos oprimidos en ese afán de esclavizarlos que las clases dominantes vienen mostrando a lo largo de los siglos y aún hoy día! ¡Y cuántas que señalan a esa institución al lado de toda clase de opresores!

No decimos con ello que no haya personas de filiación católico-romana comprometidas en favor de las clases oprimidas. Tenemos plena certeza de que las ha habido y las hay. Pero no es a ellas a quienes cuestionamos sino a la institución que dice ser depositaria del mensaje divino.

¿Cómo puede decir que habla en nombre del Dios de Jesús de Nazaret quien no maldice, como maldijo él a quienes mercadeaban en el templo, a quienes para acumular riquezas arman guerras y siembran sufrimiento?

Al hereje impenitente que esto escribe no le parece aceptable la conducta de esa institución que hoy preside el papa Francisco. No. Ni en el pasado ni en la actualidad. Ni en el siglo IV ni en el XXI. Muy otra tendría que ser su actuación para que no nos asaltasen tantas dudas. /PC

Publicado en ECUPRES
https://ecupres.com/2019/04/16/dudas-hereticas/?fbclid=IwAR0Y3SnbDMidPlGBAbF_HXBg9g5rpCWN4bVuyQYrVg3KEytLUARavjtgVZM

lunes, 25 de marzo de 2019

¿Son las grandes religiones monoteístas camino de paz y convivencia humanas?



En un escrito de Washington Uranga publicado en Página12 el pasado 13 de marzo, el cual nos llega a través de ECUPRES* leemos:

"Bergoglio está convencido de que las grandes religiones monoteístas tienen un papel fundamental en bien de la reconciliación entre los pueblos en medio de una realidad mundial sembrada de guerras regionales que atentan contra la vida de las personas y deterioran la ya frágil paz mundial"

Ignoramos si esas son declaraciones del propio Bergoglio o si es el parecer del articulista. En el primer caso, nos parece razonable que el Papa Francisco diga eso a la feligresía católica romana. En el segundo lamentamos no poder compartir tal punto de vista.

En opinión de quien esto escribe, no se dan motivos, ni históricos ni presentes para pensar de ese modo. A filo de espada se impusieron las grandes religiones monoteístas. Al amparo de los poderes terrenales se afianzaron y crecieron. Y con la más absoluta deshumanización han actuado siempre, imponiendo su voluntad y castigando cruelmente a quienes no la aceptaban.

La Biblia está llena de guerras protagonizadas por el pueblo judío, adorador de Yahveh. La historia, llena de guerras religiosas. Cristianos y musulmanes, monoteístas ambos, han impuesto violentamente su religión a otros pueblos en amplias zonas del planeta Tierra.

Sin meternos a considerar más religión que el cristianismo, por aquello de no ir a buscar fuera lo que tenemos en casa, lo vemos a lo largo de siglos imponiendo cultos, organizando cruzadas, declarando herejías, castigando, torturando y quemando a quienes sus creencias no compartían.

En el pasado siglo XX hemos visto a los pontífices romanos Pío XII y Juan Pablo II dando soporte a crueles dictaduras como fueron la de Franco en España, la de Pinochet en Chile y la de Videla en Argentina. Y no tenemos noticia de que en ningún momento esos pontífices alzasen la voz condenando los crímenes que esos gobiernos cometían, como antaño condenaron lo que consideraron herejías.

Ya en este siglo XXI vemos a la Santa Madre Iglesia Católica Romana oponiéndose a los reclamos de la sociedad civil en pro del derecho de todo ser humano a disponer libremente de su propio cuerpo. La vemos aferrada a una vieja ideología patriarcal discriminando a la mujer en su propia estructura eclesiástica. Y la vemos encubriendo a clérigos pederastas y abusadores, sin abordar esa lacra hasta que la sociedad civil la ha denunciado públicamente.

No vemos a esa Iglesia Católica Romana que preside el Papa Francisco, ni a muchas otras que también se denominan cristianas, luchar contra ese engendro de inhumanidad que es el capitalismo, causa de sufrimiento en el mundo entero. Las vemos hablar de Dios y del más allá, anteponiendo sus creencias a las perentorias necesidades de la mayor parte de la población. Las vemos pidiendo diálogo entre oligarcas y explotados, sin condenar la codicia de los primeros y aun dándoles soporte ¿Qué diálogo cabe esperar de quienes solo aspiran a someter y explotar al pueblo?

Frente a la indiferencia de esas instituciones religiosas vemos como gentes que no enarbolan estandarte religioso alguno se oponen a toda clase de injusticias. Las vemos poniendo el cuerpo para atajar los desmanes de quienes no atienden a razón alguna. Las vemos dando muestras de una humanidad que ni de lejos demuestran quienes pretenden ser modelo de conducta por designio divino.

No nos parece casual esa deshumanización del cristianismo. Ya en siglo IV el emperador Constantino, consciente de la pujanza de quienes lo profesaban, aconsejado según cuenta la historia por su madre, decidió permitir el culto cristiano. Pero no hizo tan solo eso sino que quiso encauzar ese movimiento religioso para bien del Imperio. Y a tal fin convocó el Concilio de Nicea, donde se proclamó la naturaleza divina de Jesús de Nazaret. El Jesús divino desplazó al Jesús humano ya en el siglo IV y así ha seguido.

El sucesor de Constantino, Teodosio, completó la deshumanización del cristianismo al declararlo religión oficial del Imperio. Y así, las enseñanzas de aquel Jesús revolucionario, que denunciaba la injusticia de las leyes, rechazaba la exclusión social y condenaba la codicia de los ricos quedaron desactivadas para siempre al poner a los líderes religiosos cristianos al lado del Imperio, del poder por antonomasia. ¿Cabe mayor aberración?

Desde el siglo IV hasta el día de hoy, el catolicismo romano, la forma de cristianismo más influyente a lo largo de los siglos en esta civilización supuestamente cristiana, ha quedado reducido a una religión cultista, con la mirada puesta en el Más Allá pero aferrada en el más acá a los poderes terrenales.

Mal lo tienen las grandes religiones, y muy en especial la Católica Romana, para dar lecciones de humanidad y convivencia. En el mundo entero, quienes renunciaron a las creencias religiosas y centraron su ética en los latidos del corazón humano les tomaron ya hace tiempo la delantera. /PC

* Seis años de Bergoglio como Francisco


Publicado en ECUPRES  25/03/2019


viernes, 8 de marzo de 2019

Nutrir el corazón para fraguar la lucha


Según nos recuerdan los enlaces de pie de página, el pasado día 5 de febrero se cumplieron 100 años de la Huelga de La Canadiense, uno de los mayores triunfos de la clase obrera en Cataluña y en España, ya que con ella se logró por primera vez en Europa la implantación de la jornada laboral de 8 horas.

La Canadiense era el nombre que se daba popularmente a la empresa Riegos y Fuerzas del Ebro, principal productora y distribuidora de electricidad en Cataluña, la séptima en el ranquin mundial. De ella dependían la mayor parte de las fábricas y talleres, puesto que ya la electricidad había substituido al vapor como fuerza motriz industrial.

El conflicto dio comienzo cuando el 2 de febrero de 1919 fueron despedidos ocho empleados en contrato temporal de la sección de facturación porque se negaron a aceptar una rebaja de sueldo a cambio de incluirlos en la plantilla. Conscientes de que la empresa estaba maniobrando para ir reduciéndoles el sueldo de forma sistemática, los 140 trabajadores de aquella sección se pusieron de parte de los ocho represaliados y fueron también despedidos.

La indignación cundió y la mayor parte de los trabajadores de la empresa se declararon en huelga, exigiendo la readmisión de los despedidos, aumento salarial, despido de los esquiroles y que no hubiese represalias.

La falta de suministro de electricidad paralizó más del 70% de las fábricas y talleres de toda Cataluña. La organización sindical CNT hizo que se extendiese la huelga. Intervino el ejército. Más de 3.000 obreros fueron detenidos y encarcelados. La patronal contrató pistoleros que asesinaron a varios líderes sindicales. Pero ante el temor de que la UGT se sumase a la huelga y esta se extendiese a otras regiones, el gobierno del estado aceptó negociar. 


Finalmente, ante el esfuerzo y arrojo del pueblo en lucha, el gobierno cedió. Accedió a todas las exigencias obreras y decretó la jornada de 8 horas, la primera que hubo en Europa.

El éxito de aquella huelga demostró la necesidad de la unión obrera ante los abusos de la patronal. Sin una organización sindical coordinando las acciones reivindicativas no hubiese sido posible esa victoria. Pero sin una conciencia de clase firme nunca hubiese sido posible esa necesaria unión sindical.

Han pasado cien años desde aquella gran victoria obrera. De entonces acá los opresores de la humanidad han aprendido más que los oprimidos. Vieron que tenían que colonizar el pensamiento de las gentes, ganarles el corazón, deslumbrarles con el glamour de las clases pudientes. Hacerles aborrecer a los más pobres mediante una necia adhesión a la meritocracia, a una ciega competencia que lanza a todos contra todos. Saben todo eso y se han aplicado sin pausa y sin tregua a inocular todo ese veneno en el seno de la sociedad.

Al triunfo de la tóxica ideología capitalista que hoy nos llena el corazón y el pensamiento contribuyó el materialismo proclamado por la mayor parte de la izquierda. Cuando el ser humano centra todas sus aspiraciones en lo material acaba entregando su libertad a cambio de baratijas similares, aunque menores, a las que gozan las clases privilegiadas. Ya es hora, pues, de apelar a las razones del corazón, esas que nos hacen preferir morir de pie a vivir de rodillas.

No es que lo material no cuente en la vida de los seres humanos, pues somos cuerpos vivientes necesitados de recursos materiales para vivir. Pero en la medida que nos confundimos y tomamos por necesario lo superfluo, renunciando a ejercer el control de los recursos necesarios, nos ponemos en manos de quienes los controlan.

Las clases pudientes controlan la totalidad de la superficie del planeta Tierra. Controlan la mayor parte de la producción de los alimentos que consumimos. Controlan la educación que recibimos desde el jardín de infancia a la universidad. Controlan la evolución del sentido común mediante los medios informativos, la publicidad y la desinformación. Controlan los medios de producción. Controlan el comercio. Controlan el dinero con el cual adquirimos lo que nos es necesario y a cambio del cual entregamos la mayor parte de nuestro tiempo y nuestra vida. Lo controlan todo y no nos rebelamos. ¿Qué clase de animales domésticos somos?

Hay que empezar cuanto antes a hablarle de la dignidad humana a esta sociedad consumista, a esa juventud mercenaria del capitalismo. Hay que decirles que no es digno aceptar la esclavitud a cambio de un buen sueldo. Que la dignidad es el mayor tesoro que tenemos los seres humanos. Y que esa dignidad exige luchar contra quienes quieren arrebatárnosla, como lucharon hace un siglo aquellos obreros de La Canadiense.

Hay mil frentes abiertos en esa lucha por la dignidad. Es urgente que cada cual se aliste al que mejor le cuadre, pero que nadie deje de luchar, porque quien lucha puede perder, pero quien no lucha perdió ya. /PC

La Vaga de la Canadenca, ahir, avui i demà

La vaga de La Canadenca, minut a minut

El Congrés Obrer de Sants, un centenari brillant de l’anarcosindicalisme català


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