lunes, 20 de noviembre de 2017

La rebelión del pueblo catalán


“Volveremos a luchar, volveremos a sufrir, volveremos a vencer”


Desde hace algún tiempo vivimos en Cataluña un gran movimiento de masas que reivindican la independencia patria, algo muy difícil de lograr porque atenta a los intereses del Estado español y aún de la misma Unión Europea (UE). Catalunya aporta un 20% del PIB estatal y la UE no quiere problemas territoriales en el seno de los estados que la constituyen. Difícil, pues, para las aspiraciones independentistas.

Hemos señalado en escritos anteriores como el espíritu rebelde del pueblo catalán es utilizado con fines electoralistas por algunos políticos catalanes y españoles, así como la escalada que ese movimiento ha ido tomando desde el uno de octubre hasta el presente, en que ha desbordado con creces a sus líderes. Hoy no son los políticos independentistas catalanes quienes se enfrentan al Estado sino el pueblo catalán organizado horizontalmente.

La historia nos muestra cómo a lo largo de los siglos los pueblos rebeldes han sido aplastados por los poderes a los que se han enfrentado. Las tres guerras serviles del Imperio Romano son ejemplo de ello, pero los hay muchos más. Siempre el poder organizado ha derrotado a quienes han pretendido librarse de él. De un modo u otro la esclavitud ha prevalecido. No necesariamente en la forma de seres encadenados, pero sí sometidos a violencias institucionales que les obligan a vivir dentro de los límites que los poderosos establecieron.

El catorce de abril de 1931, todavía no hace un siglo, el Estado español se proclamó República. Lo logró con la ayuda de gran parte del pueblo, al cual prometió principios de igualdad, fraternidad y libertad que la ancestral monarquía no respetaba. Pero aquellas promesas políticas no se cumplieron nunca del modo que habían imaginado quienes las recibieron. Eso dio lugar a protestas de las clases más humildes, las cuales el gobierno republicano reprimió del mismo modo que las reprimía la monarquía: a punta de bala.

Aquella República duró poco. Fue un avance importante en derechos humanos y sociales con respecto a las monarquías que la precedieron, pero no logró complacer al pueblo que la aupó. Y aun con esa insuficiencia despertó la ira de quienes veían peligrar sus privilegios ante los reclamos de los más menesterosos. Y así, el 18 de julio de 1936, un golpe militar truncó todo lo bueno que traía consigo aquel intento de cambiar la milenaria injusticia. Se desató una guerra civil que terminó en 1939 con la victoria de los golpistas. Tras ella quedó España bajo el dominio de una dictadura que duró hasta la muerte del dictador en 1975.

Durante los años de gobierno dictatorial los agravios del Estado al pueblo catalán se redoblaron. Se produjeron hondas heridas en el alma de quienes habían sobrevivido a la guerra. Pero el estado de terror instaurado por los golpistas vencedores hizo que durante mucho tiempo pocos fuesen los desafíos que la dictadura tuviese que afrontar. Aun así, la rebelión siguió viva en el alma del pueblo catalán, como lo atestiguó la gran “huelga de los tranvías” de 1951 en Barcelona y las muchas protestas que durante los años siguientes se dieron. Pese a que la huelga logró que el precio del billete no subiera, las protestas fueron seriamente represaliadas y más de un implicado fue detenido y torturado.

A partir de 1978, con la instauración del “estado de las autonomías” se inauguró un período de calma en las reivindicaciones del pueblo catalán, que terminó en 2010 cuando el Tribunal Constitucional vetó la propuesta de actualización del Estatuto de Autonomía de Cataluña. A partir de entonces se inicia un período de confrontaciones políticas entre Cataluña y el Estado, las cuales son utilizadas de forma electoralista por políticos españoles y catalanes. La intolerancia de unos y la torpeza de otros han desencadenado un continuo de protestas que ha crecido de año en año hasta el presente y ha dado pie al gobernó del Estado para iniciar represalias.

Una vez más el pueblo catalán está siendo represaliado por ese Estado español irrespetuoso. Pérdida institucional, fuga de empresas catalanas hacia territorio español, desprestigio programado del pueblo catalán ante el resto de España y, lo que es más grave, una división en el seno de la sociedad catalana entre independentistas y unionistas que será muy difícil de superar en el camino hacia esa tan deseada independencia. Peores cosas pueden todavía suceder, pero las enumeradas son ya suficientemente graves para que los responsables de tanta desgracia sean juzgados severamente. El pueblo catalán tendrá que hacer una muy honda reflexión antes de seguir en su empeño de alcanzar la independencia.

No es probable que amaine la ira de ese pueblo reivindicativo y tenaz. Barcelona, esa “rosa de fuego” como la apodaron algunos historiadores por haber sido centro de bravas rebeliones reivindicativas, no se dejará amilanar. Podrán quizá parar por algún tiempo las protestas, pero prevalecerá el espíritu de lucha contra la opresión que ha caracterizado durante siglos a este pueblo. Ningún gobierno logrará quebrarlo ni con engaños ni con violencia. Aprenderá, quizá, con la presente experiencia que debe cambiar de estrategia. Pero a partir de ahora se llenarán de sentido más que nunca las palabras de Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Catalunya, fusilado por los fascistas españoles el 15 de octubre de 1940 en el castillo de Montjuïc de Barcelona: “Volveremos a luchar, volveremos a sufrir, volveremos a vencer”. /PC

Publicado en ECUPRES