viernes, 3 de mayo de 2019

De la teocracia fascista a la manipulación capitalista



Los años pasan. Las fechas caen y se desvanecen. Las nuevas generaciones no heredaron la memoria de sus progenitores. Cada ser humano vive su vida, no la de quien lo engendró ni la de quien lo parió. Las luchas de la abuela y del abuelo son lejanas historias sin apenas significado para quienes en su niñez las escucharon, que cada vez son menos.

Pasó la Semana Santa de antaño con sus lutos y su dictatorial imposición de silencio. Con sus procesiones de devoción profunda, sus penitentes de pies descalzos y tobillos encadenados. Misterios de dolor y viacrucis. Banderas a media asta y con crespones. España entera penaba por la muerte de Jesucristo Nuestro Señor, que sufrió martirio y entregó su vida para redimir nuestros pecados.

En aquellos tiempos en que el poder de la Iglesia se manifestaba a través de las leyes y disposiciones del gobierno, cualquiera podía ser detenido por la denuncia de alguien adicto al régimen. Un beso amoroso en un lugar público podía acabar en la comisaría de policía. El adulterio de la mujer (nunca del hombre) comportaba una condena de varios años de cárcel. El respeto a la moral católica era de obligado cumplimiento en la España del nacionalcatolicismo fascista.

En la escuela se enseñaba el Catecismo de la Doctrina Cristiana. Se rezaba por las mañanas antes de comenzar las clases, tras haber izado la bandera y cantado el himno nacional. También se rezaba todas las tardes del mes de mayo el santo rosario y se cantaban alabanzas a la Santísima Virgen María Madre del Redentor: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María que madre nuestra es”. Se iba a misa todos los primeros viernes de mes para que niños y niñas pudiesen comulgar y así ganarse el Cielo, según promesa del Sagrado Corazón de Jesús.

Pasaron los años. Cayó la dictadura y apareció la democracia, como por ensalmo, en esta  España reducto de los valores eternos. Reliquias tan sagradas como el brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús, cuyos restos descansan en Alba de Tormes, dejaron de aparecer en los noticiarios. El Cielo de la Santa Madre Iglesia fue sustituido en la televisión por el de la meteorología. Obispos, cardenales y curas predicadores dieron paso a periodistas y publicistas fieles al sistema. El consumismo había llegado ya para instalarse y en cada hogar había televisor, caballo de Troya del capitalismo.

Se trocó el luto por el disfrute. La Semana Santa es tiempo de vacaciones. Las procesiones son puro espectáculo. El final de la teocracia es bendecido por agencias de viajes, hoteles y restaurantes, publicistas, constructoras y vendedoras de automóviles, accionistas de autopistas y una retahíla de pequeños y grandes negocios que vacían los bolsillos de quienes se les acercan. Sin olvidar los bancos, pues hay quien se endeuda para poder gastar.

En principio, el mundo entero debiera festejar ese paso del oscurantismo religioso al predominio de ese hedonismo que tanto denostó el catolicismo que nos oprimía. Pero vale la pena que nos detengamos a reflexionar.

El continuo dispendio que nuestra actual forma de vida exige lleva consigo la necesidad de ingresar dinero, lo cual hace que la gente se someta a las exigencias de quienes se lo ofrezcan a cambio de horas de trabajo. Los medios de producción y de distribución de productos básicos están hoy más que nunca en manos de grandes empresas capitalistas. La población rural autosuficiente ha sido eliminada. La gente vive mayormente en aglomeraciones urbanas. La dependencia del dinero es absoluta y con ella lo es el poder de quienes regentan los puestos de trabajo. A más necesidad de la gente, más posibilidades de abusar de ella.

Los grandes medios de difusión informativa están en manos del sistema. Ninguna noticia que pueda perjudicar los intereses de las clases dominantes es emitida. Tampoco lo es ninguna opinión que les sea adversa. Tanto la forma de vida como el control de los informativos tienden a configurar el modo de pensar que más conviene a las clases privilegiadas.

Por si eso no bastase, ante el ineludible pragmatismo que vivir exige, toda la enseñanza se ha organizado para instruir a la población escolar según los conocimientos y habilidades que el servicio al sistema exige. Cualquier materia que no contribuya a ese fin ha sido descartada. Hay un claro menosprecio por las humanidades y por todo cuanto pudiera llevar a las nuevas generaciones a discrepar del pensamiento hegemónico.

El poder cambió la forma de asegurarse el dominio del pueblo, pero no renunció a ejercerlo. Si antes la religión hacía que la gente mirase al Cielo para que no tomase en consideración lo que ocurría en la Tierra, ahora la publicidad y los medios de difusión ofrecen paraísos terrenales a quienes mejor sepan servir al sistema. El lavado de cerebro se ha perfeccionado. Era más fácil zafarse de los sermones del clero que de las zalamerías del televisor y de las garras del consumismo.

Visto el panorama social desde esta perspectiva, el futuro no parece halagüeño. Pero la vida es imprevisible. El planeta Tierra se está volviendo cada día más inhabitable por la degradación que la codicia capitalista somete a la naturaleza. Las aguas se envenenan, el aire se enrarece. Llegará pronto un día en que no se podrá vivir. ¿Tomará entonces la gente conciencia de la maldad de quienes gobiernan y obrará en consecuencia? ¿O antes de que eso ocurra el pueblo habrá dicho basta de ignominia?

Nadie sabe lo que va a ocurrir. Pero la capacidad de razonar y la rebeldía son inherentes a la naturaleza humana y en ellas radica la esperanza. /PC