Parece ser que una de las habilidades indispensables para
ejercer como político debe ser la que expresa ese refrán español con el cual
encabezamos este escrito: nadar y guardar la ropa. Hablar de lo que conviene y
callar lo inoportuno. Y puesto que como político ejerce, sin duda alguna, el
representante máximo de la Iglesia Católica Romana, tanto más cuanto que es
también Jefe de Estado del Vaticano, no debe causar extrañeza que el Papa
Francisco tenga bien desarrollada esa capacidad. Quizá porque la tenía ya de
antemano el jesuita Bergoglio sea por lo que ha llegado a ser elegido papa.
En el escrito que señalamos, para hablar de genocidio se
ciñe Bergoglio al marco de las dos grandes guerras mundiales, lo cual le
permite omitir todos los que conoce o debiera conocer bien por haber sido
cometidos a lo largo de su vida pastoral, tales como los de las dictaduras
militares en América Latina, que de ningún modo puede ignorar, y el tercero en
magnitud de la Europa del siglo XX, cual es el asesinato sistemático de adversarios
políticos en España durante la guerra que desencadenó el golpe militar de 1936 y
en los años que le siguieron. Genocidios ambos que le atañen por su proximidad en
el espacio y el tiempo los primeros y por la participación de la sacrosanta institución
que él preside el segundo.
Siempre fue fácil entender que la convivencia exige el
cuidado de las palabras. No se debe decir todo lo que se piensa si se quiere
mantener relaciones cordiales con quienes nos rodean. Pero eludir las palabras
comprometedoras y acusar al mismo tiempo a los demás de mirar hacia otro lado
en momentos tan graves como los que se evita hacer presentes es, en opinión de
quien esto escribe, algo que sobrepasa la habilidad diplomática y cae de lleno
en la hipocresía.
Que en buena moral cristiana la hipocresía debiera ser inexcusablemente
rechazada es algo que está en la base misma de las creencias cristianas, según
puede verse en los evangelios. Y no obstante, muestras claras de hipocresía vienen
dándole al mundo desde tiempos inmemoriales clérigos y gentes nominalmente creyentes.
Quien esto escribe puede dar fe de que acá en el Estado español hemos padecido
la hipocresía clerical durante los cuarenta años que van desde el golpe militar
de 1936 hasta la muerte del dictador. Y que esta sigue imperando en la clerecía
católica española aún después de proclamada la Constitución de 1978 que declara
no confesional al Estado español pero no invalida los privilegios que la
dictadura le concedió.
Cabe señalar que, salvo contadísimas excepciones, toda la
clerecía española dio soporte a los golpistas y silenció los crímenes que
cometieron durante la guerra y tras ella. Y que aún hoy día ninguna autoridad de
la clerecía católica romana ha pedido perdón por ello. Como tampoco tenemos
conocimiento de que lo haya hecho ese Bergoglio que hoy acusa a los dirigentes
aliados de esas dos grandes carnicerías que fueron las dos grandes guerras del
siglo XX. Ni por la connivencia con los golpista españoles ni por la que
tuvieron él y sus pares con los golpistas de América Latina ha pedido perdón.
Es más, no tan solo no lo pide sino que se refiere al papa Wojtyla, el
perseguidor de la Teología de la Liberación y de los clérigos que en ella
participaron, nombrándolo “San Juan Pablo II”, lo cual es indicativo de lo que de
él piensa. Y en este sentido debemos recordar que ese antecesor suyo hizo un
derroche de hipocresía al pedir perdón “por los errores de la Iglesia en
tiempos pasados” mientras daba soporte a las criminales dictaduras militares de
su mismo tiempo.
Nos parece lamentable que el actual Papa Francisco siga en
la línea de hipocresía que desde tiempos remotos viene caracterizando a la
clerecía católico-romana. Nos parece lamentable porque en esa línea de
tradición clerical poco cabe esperar de la Iglesia que él preside. Cabe
esperar, eso sí, que como viene sucediendo a lo largo de los siglos haya
personas de corazón cristiano, pertenezcan o no a su feligresía, que sigan los
preceptos que dimanan de las enseñanzas del Jesús de los evangelios. Cabe
esperarlo también de quienes con corazón cristiano o simplemente humano tengan
sentido de la bondad, de la justicia y de la misericordia que nos mueven a
convivir en paz y armonía con la humanidad entera. Cabe esperarlo sin duda
alguna. Pero tenemos muy claro que hoy por hoy no podemos confiar en esa institución
que preside quien de tal modo se expresa y comporta. /PC
* A propósito de la
noticia aparecida en Agencia de Noticias Prensa Ecuménica – ECUPRES con fecha
27 de junio de 2016 titulada “Genocidio, la palabra de Bergoglio”.
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