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viernes, 3 de mayo de 2019

De la teocracia fascista a la manipulación capitalista



Los años pasan. Las fechas caen y se desvanecen. Las nuevas generaciones no heredaron la memoria de sus progenitores. Cada ser humano vive su vida, no la de quien lo engendró ni la de quien lo parió. Las luchas de la abuela y del abuelo son lejanas historias sin apenas significado para quienes en su niñez las escucharon, que cada vez son menos.

Pasó la Semana Santa de antaño con sus lutos y su dictatorial imposición de silencio. Con sus procesiones de devoción profunda, sus penitentes de pies descalzos y tobillos encadenados. Misterios de dolor y viacrucis. Banderas a media asta y con crespones. España entera penaba por la muerte de Jesucristo Nuestro Señor, que sufrió martirio y entregó su vida para redimir nuestros pecados.

En aquellos tiempos en que el poder de la Iglesia se manifestaba a través de las leyes y disposiciones del gobierno, cualquiera podía ser detenido por la denuncia de alguien adicto al régimen. Un beso amoroso en un lugar público podía acabar en la comisaría de policía. El adulterio de la mujer (nunca del hombre) comportaba una condena de varios años de cárcel. El respeto a la moral católica era de obligado cumplimiento en la España del nacionalcatolicismo fascista.

En la escuela se enseñaba el Catecismo de la Doctrina Cristiana. Se rezaba por las mañanas antes de comenzar las clases, tras haber izado la bandera y cantado el himno nacional. También se rezaba todas las tardes del mes de mayo el santo rosario y se cantaban alabanzas a la Santísima Virgen María Madre del Redentor: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María que madre nuestra es”. Se iba a misa todos los primeros viernes de mes para que niños y niñas pudiesen comulgar y así ganarse el Cielo, según promesa del Sagrado Corazón de Jesús.

Pasaron los años. Cayó la dictadura y apareció la democracia, como por ensalmo, en esta  España reducto de los valores eternos. Reliquias tan sagradas como el brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús, cuyos restos descansan en Alba de Tormes, dejaron de aparecer en los noticiarios. El Cielo de la Santa Madre Iglesia fue sustituido en la televisión por el de la meteorología. Obispos, cardenales y curas predicadores dieron paso a periodistas y publicistas fieles al sistema. El consumismo había llegado ya para instalarse y en cada hogar había televisor, caballo de Troya del capitalismo.

Se trocó el luto por el disfrute. La Semana Santa es tiempo de vacaciones. Las procesiones son puro espectáculo. El final de la teocracia es bendecido por agencias de viajes, hoteles y restaurantes, publicistas, constructoras y vendedoras de automóviles, accionistas de autopistas y una retahíla de pequeños y grandes negocios que vacían los bolsillos de quienes se les acercan. Sin olvidar los bancos, pues hay quien se endeuda para poder gastar.

En principio, el mundo entero debiera festejar ese paso del oscurantismo religioso al predominio de ese hedonismo que tanto denostó el catolicismo que nos oprimía. Pero vale la pena que nos detengamos a reflexionar.

El continuo dispendio que nuestra actual forma de vida exige lleva consigo la necesidad de ingresar dinero, lo cual hace que la gente se someta a las exigencias de quienes se lo ofrezcan a cambio de horas de trabajo. Los medios de producción y de distribución de productos básicos están hoy más que nunca en manos de grandes empresas capitalistas. La población rural autosuficiente ha sido eliminada. La gente vive mayormente en aglomeraciones urbanas. La dependencia del dinero es absoluta y con ella lo es el poder de quienes regentan los puestos de trabajo. A más necesidad de la gente, más posibilidades de abusar de ella.

Los grandes medios de difusión informativa están en manos del sistema. Ninguna noticia que pueda perjudicar los intereses de las clases dominantes es emitida. Tampoco lo es ninguna opinión que les sea adversa. Tanto la forma de vida como el control de los informativos tienden a configurar el modo de pensar que más conviene a las clases privilegiadas.

Por si eso no bastase, ante el ineludible pragmatismo que vivir exige, toda la enseñanza se ha organizado para instruir a la población escolar según los conocimientos y habilidades que el servicio al sistema exige. Cualquier materia que no contribuya a ese fin ha sido descartada. Hay un claro menosprecio por las humanidades y por todo cuanto pudiera llevar a las nuevas generaciones a discrepar del pensamiento hegemónico.

El poder cambió la forma de asegurarse el dominio del pueblo, pero no renunció a ejercerlo. Si antes la religión hacía que la gente mirase al Cielo para que no tomase en consideración lo que ocurría en la Tierra, ahora la publicidad y los medios de difusión ofrecen paraísos terrenales a quienes mejor sepan servir al sistema. El lavado de cerebro se ha perfeccionado. Era más fácil zafarse de los sermones del clero que de las zalamerías del televisor y de las garras del consumismo.

Visto el panorama social desde esta perspectiva, el futuro no parece halagüeño. Pero la vida es imprevisible. El planeta Tierra se está volviendo cada día más inhabitable por la degradación que la codicia capitalista somete a la naturaleza. Las aguas se envenenan, el aire se enrarece. Llegará pronto un día en que no se podrá vivir. ¿Tomará entonces la gente conciencia de la maldad de quienes gobiernan y obrará en consecuencia? ¿O antes de que eso ocurra el pueblo habrá dicho basta de ignominia?

Nadie sabe lo que va a ocurrir. Pero la capacidad de razonar y la rebeldía son inherentes a la naturaleza humana y en ellas radica la esperanza. /PC

Publicado en ECUPRES
https://ecupres.com/2019/05/06/de-la-teocracia-fascista-a-la-manipulacion-capitalista/

domingo, 14 de abril de 2019

Dudas heréticas


El mundo en que vivimos es casi en su totalidad un territorio de guerra. Lo viene siendo ya desde muy antiguo. Quizá desde la prehistoria. Pero desde la Ilustración acá se suponía que la humanidad avanzaba por sendas de civilización y humano entendimiento. Hoy vemos que no. Los poderosos siguen sin poner freno a su desmesurado afán de hacerse los amos del mundo.

Ante la mucha falta de humanidad que nos aterra, el papa Francisco, como máxima autoridad de la Iglesia Católica Romana, lanza tibios mensajes conciliadores que dejan serias dudas del papel que toman él y la institución que preside. Un día pide apertura al gobierno cubano, es decir, libertad para el capitalismo. Otro le pide al gobierno venezolano que dialogue con la oposición, una oposición que no quiere diálogo sino hacerse con el poder para entregar el país y la nación al Imperio. Más tarde destituye a un obispo que denuncia una represión que lleva ya más de 350 asesinatos…

Nadie sabe de qué lado están el papa Francisco y la institución que preside. Pero no debe extrañarnos, porque la Iglesia Católica Romana ha sido pródiga en ambigüedad a lo largo de los siglos. Ha predicado humildad desde situaciones de poder. Ha alabado la pobreza mientras acumulaba patrimonio y riquezas. Ha predicado misericordia mientras se mostraba inmisericorde con quienes consideraba herejes.

Ante tales evidencias, no hace falta ser hereje para dudar de todo lo que esa “santa institución” ha predicado y predica. Entre los muchos interrogantes que nos asaltan, podemos señalar los siguientes:

¿Cómo sería nuestra civilización occidental, supuestamente cristiana, si la Iglesia Católica Romana se hubiese comportado de forma coherente con lo que los evangelios dicen que fue el mensaje de Jesús de Nazaret? 

¿Cómo serían los países de supuesta tradición católica si esa Santa Madre Iglesia no hubiese colaborado, por activa y por pasiva, con los muchos gobiernos criminales que a lo largo del tiempo han tenido que soportar sus poblaciones?

¿Cómo sería nuestro mundo occidental si las personas que se definen como católicas centrasen su ética y su forma de vida en el revolucionario mensaje que encontramos en los evangelios que conocemos como de Marcos, Lucas y Mateo?

¿Hubiese querido el bíblico Jesús de Nazaret verse involucrado en la religión oficial del Imperio Romano o en las poco ejemplares actuaciones de esa Iglesia que afirma ser depositaria del mensaje evangélico?

¿Consideraría Jesús seguidores suyos a quienes a lo largo de los siglos han dado soporte e incluso han protagonizado sangrientas guerras y crueles genocidios?

¿Y a quienes hoy día eligen para gobernar a políticos y partidos de clara ideología neoliberal, con desprecio del mucho daño social que dichas políticas conllevan, los consideraría Jesús seguidores suyos?

Y puestos ya a dudar y preguntarnos, ¿habría llegado hasta nuestros días esa iglesia si no se hubiese prestado  a colaborar con todos los poderes terrenales de su tiempo? Y si la respuesta fuese sí, ¿qué tendría de cristiana dicha conducta?

En el seno de la humanidad hay, desde hace siglos, una feroz lucha entre el bien y el mal  Miles de personas, religiosas y laicas han dejado su vida en la lucha por un mundo más justo, más fraterno, más humano. Millones de gentes de diversas ideologías y creencias han militado y militan en las filas del bien común. 

¡Qué pocas noticias hay de la participación de esa institución eclesiástica al lado de los pueblos oprimidos en ese afán de esclavizarlos que las clases dominantes vienen mostrando a lo largo de los siglos y aún hoy día! ¡Y cuántas que señalan a esa institución al lado de toda clase de opresores!

No decimos con ello que no haya personas de filiación católico-romana comprometidas en favor de las clases oprimidas. Tenemos plena certeza de que las ha habido y las hay. Pero no es a ellas a quienes cuestionamos sino a la institución que dice ser depositaria del mensaje divino.

¿Cómo puede decir que habla en nombre del Dios de Jesús de Nazaret quien no maldice, como maldijo él a quienes mercadeaban en el templo, a quienes para acumular riquezas arman guerras y siembran sufrimiento?

Al hereje impenitente que esto escribe no le parece aceptable la conducta de esa institución que hoy preside el papa Francisco. No. Ni en el pasado ni en la actualidad. Ni en el siglo IV ni en el XXI. Muy otra tendría que ser su actuación para que no nos asaltasen tantas dudas. /PC

Publicado en ECUPRES
https://ecupres.com/2019/04/16/dudas-hereticas/?fbclid=IwAR0Y3SnbDMidPlGBAbF_HXBg9g5rpCWN4bVuyQYrVg3KEytLUARavjtgVZM

sábado, 28 de diciembre de 2013

La Navidad del pobre y la del rico

¿Qué nos mueve a celebrar la Navidad del modo que lo hacemos? 


La Navidad que nuestra civilización cristiana viene celebrando a lo largo de los siglos es el triunfo del malabarismo mental sobre la natural alegría que mana del renacer de la vida. Es el triunfo de la maldad sobre la bondad; de la perversión sobre la inocencia; de la soberbia sobre la humildad; de la prepotencia, la ostentación y el lujo sobre la sencillez. Es un escarnio, un desprecio total de la propia alegoría navideña.

Cuando en el siglo IV el emperador Constantino convocó y presidió el concilio de Nicea, sabía bien el fin que perseguía: poner de parte del Imperio a quienes profesaban la fe cristiana. Tuvo para ello que contar con la complicidad de los líderes religiosos que anteponían lo divino a lo humano, una supuesta vida en el cielo antes que una certera vida en la tierra, el culto a la majestad de un Dios todopoderoso antes que la fraternidad humana.

La concepción de la doctrina cristiana que a partir de entonces se impuso acabó con la esencia del mensaje de Jesús de Nazaret que transmiten los evangelios, con las lecciones de humanidad que nos transmite ese arquetipo que invita a convivir haciendo honor a la verdad y a la justicia a fin de que la paz y la felicidad reinen en la tierra. El poder se enseñoreó desde entonces del entorno llamado cristiano y el mal llamado Reino de Dios se impuso a filo de espada en el mundo conocido y en el que los imperios fueron conquistando.

No obstante, algo del primigenio mensaje conservó el cristianismo, pues que siguió predicando humildad y mansedumbre, paz y bondad, bases necesarias para la convivencia, sin duda alguna. Pero a poco que se mire con sentido crítico se verá que esa prédica responde plenamente a la astucia interesada de los líderes político-religiosos que se sucedieron a partir de aquella imperial reforma, pues sabían bien que para tener sujeto al sometido es necesaria la mansa colaboración del mismo.

No hace falta profesar creencias religiosas para entender las alegorías que las religiones ofrecen a nuestro intelecto. Pasó ya aquel tiempo en que la ingenuidad y la incultura hacían que diésemos por cierto cuanto narran. Hoy sabemos bien que no es lo que dicen sino lo que nos quieren dar a entender. Más allá de las creencias y los preceptos, su valor está en la invitación que nos hacen a reflexionar. La universalidad de sus metáforas queda clara en la actualidad de sus mensajes. Entre ellos, el de la Navidad que estos días celebramos.

A poco que nos paremos a pensar veremos el contrasentido que encierra celebrar con ostentación y despilfarro esa imagen de sencillez que comporta el nacimiento en condiciones de pobreza extrema de quien según la tradición fue muestra de humildad, de renuncia a las glorias y al poder de este mundo para animarnos a descubrir y gozar la alegría de la fraternidad, del amor al prójimo, del amor a la verdad, de la lucha por la justicia, por la igualdad de todos los seres humanos, por la libertad de las almas y conciencias frente a las imposiciones dominantes. 

¿Qué nos mueve a celebrar la Navidad del modo que lo hacemos? Si en el siglo IV fue el poder del Imperio quien fagocitó el cristianismo, luego ha sido el capitalismo. El consumismo desaforado ha convertido el acto de comprar en supremo motivo de alegría. Ya no es el afán de poseer sino la simple acción de comprar, de tener algo nuevo que mostrar o con lo que entretenernos. Un afán necio, una ilusión falaz que somete la felicidad al poder adquisitivo, lo cual nos deshumaniza y condiciona todo nuestro modo de vivir.

Para nada escucha nuestra civilización cristiana el mensaje de la Navidad sencilla, modesta en lo material pero rica en sentimientos de humanidad. El mensaje que prevalece en todo el orbe cristiano en estas fechas navideñas es el de los ricos. ¡Comprad! ¡Comprad, malditos! ¡Comprad y codiciad y llenad vuestras vidas de amor a lo material, a lo superfluo!

A veinte siglos largos del mensaje navideño, el mundo científico nos anuncia que el planeta Tierra no soporta ya más este dislate consumista que agota a velocidad de vértigo los recursos naturales. Hoy las entrañas de nuestra casa común rugen por el expolio a que se las somete. No es sensato seguir consumiendo del modo que lo hacemos. No es sensato seguir condicionando la felicidad al poder adquisitivo. No lo es desde una perspectiva ecológica ni lo es desde una perspectiva filantrópica.

Hoy más que nunca tenemos motivos para ver la alegoría navideña con ojos proféticos. Para buscar la felicidad donde vaya de la mano con la igualdad, con la solidaridad, con una libertad total, respetuosa con la del prójimo, compartida con la humanidad entera. Con creencias religiosas o sin ellas, el mensaje humano que la Navidad conlleva debiera servirnos para reflexionar sobre lo que hay de valor y lo que hay de espurio en nuestro modo de vivir, tanto en el orden personal como en el social como en nuestra relación con lo político.

Hagamos, pues, un alto en el camino. Apaguemos el televisor. Parémonos a pensar, a reflexionar y preparémonos para emprender un nuevo giro alrededor del Sol con la mente clara, limpia de polución capitalista y llena de ideales de profunda humanidad. Libertad, fraternidad e igualdad, de hoy en más en nuestro corazón y pensamiento para nuestro propio hacer, para la gente que nos rodea y para el mundo entero. /PC

http://www.kaosenlared.net/america-latina/al/bolivia/item/77076-la-navidad-del-pobre-y-la-del-rico.html 

sábado, 21 de diciembre de 2013

Navidad en tiempo de guerra

Ni paz ni tregua navideña sino guerra sin cuartel en todo el planeta Tierra es lo que el mundo rico le ofrece al pobre en esta Navidad que ahora celebra la civilización que se autodenomina cristiana.


No doblan las campanas anunciando el recomienzo de la vida y la simbólica celebración que de él hace la civilización cristiana. No resuenan en la bóveda celeste cantos de gloria entonados por angelicales criaturas. No hay paz en la tierra para los hombres de buena voluntad sino sufrimiento y miseria, una miseria decretada por los ricos epulones que mandan redoblar cada vez con más fuerza los tambores de la guerra. Una guerra cruel como todas las que la bestia humana ha desencadenado siempre para satisfacer su codicia y su soberbia. Una guerra que diezma poblaciones y arrasa tierras dejándolas estériles y desiertas. Una guerra que ahora nos alcanza.

En su ambición desmesurada se disputan los ricos hasta el más insignificante rincón de la superficie de la tierra. Todo les vale, a sí sean desiertos o glaciales o helados mares, pues todo es susceptible de negocio en esa loca confusión que han hecho entre el valor y el precio. Todo puede ser convertido en herramienta de poder sobre el adversario, otro grupo de necios competidores destructores de cuanto de humano tenemos en el alma y vertemos en la tierra. Locos todos ellos, cortan la rama de la que pendemos todos, incluso ellos. Cuando la rama caiga se acabará todo para todos.

El mundo rico ha decretado la guerra al mundo pobre de forma clara, sin ambages, sin sibilinas sutilidades. No le basta ya con ganar dinero a espuertas sino que quiere más. Quiere tener al pobre sometido, esclavo... Sabe bien que los pobres se durmieron en sus laureles y confundiéndose tomaron a los amos por amigos, por iguales... ¡Necios! El rico es rico porque roba a los pobres, no porque los ame y comparta con ellos sus riquezas.

Un complaciente bienestar nos indujo a pensar que ya no éramos pobres, que el mundo era nuestro por derecho natural y que ese derecho nos bastaba para andar descuidados por la vida. Descuidamos nuestro deber de asociarnos para defender cuanto teníamos. Fuimos tan estúpidos que dejamos nuestro futuro y el de nuestro pueblo en manos de los políticos profesionales. Ni de lejos nos pasó por la cabeza que los políticos podían venderse a los banqueros. ¡Bobos! Ahora estamos pagando todos esos descuidos.

Llegamos a creer que gozar de un confort semejante al de los ricos nos hacía ya ricos. ¡Borricos es lo que nos ha hecho ese espejismo! Hemos perdido la conciencia de clase. Hemos creído que ya no éramos obreros porque nuestro nivel de conocimientos nos permitía ocupar cargos medios y aun altos en las empresas de los ricos. Nunca nos paramos a pensar que por más cualificados que estuviésemos no éramos más que obreros. Obreros fácilmente sustituibles, que podíamos quedarnos sin trabajo, bien por despido o bien por cierre de la empresa o bien por lo que fuera. Nos olvidamos de que obrero es quien a cambio de un sueldo renuncia a la plusvalía de su trabajo y acepta que esta pase a manos privadas, que se la quede el amo y que haga con ella lo que le plazca.

Hoy la realidad nos invita a abrir los ojos. No es una invitación amable la suya sino preñada de violencia. Millones de desempleados, muchos de ellos sin perspectiva alguna de poder volver a trabajar en un mercado laboral donde cada día sobra más gente. Familias enteras sin vivienda, desahuciadas por la codicia de los bancos que con la complicidad de los gobiernos de turno les hicieron unos prestamos hipotecarios en condiciones de usura. Miseria para una gran parte de la población mientras las minorías insolidarias colaboran con los estafadores. Leyes cada día más injustas aplicadas por un poder judicial plenamente situado al lado de los políticos corruptos. La desvergüenza más escandalosa campa por sus anchas en el panorama político internacional sin que haya organismo capaz de ponerle freno. ¿Vamos a resignarnos? ¿Vamos a padecer todos esos atropellos sin ofrecer resistencia?

Solo hay una forma de pararle los pies a la fiera capitalista y esta pasa por organizarnos. Quienes están arriba tienen la fuerza; quienes estamos abajo hemos de tener la inteligencia, la solidaridad, el tesón y el coraje suficiente. Es hora de ponernos en pie, de organizarnos, de agruparnos, de unirnos con nuestros iguales, con quienes nos sintamos más identificados para plantarle cara a tanto criminal disfrazado de político. Nadie puede hacer nada en solitario. ¡Nadie! No hay más que dos opciones: unirnos y luchar o rendirnos y dejar que nos devoren. No hay más.

No es tiempo de inocentes villancicos esta Navidad 2013 sino de escuchar el clamor del pueblo desposeído y unirse a él. Es tiempo de abrir los ojos y llenarse el corazón con el espíritu rebelde de ese Jesús valeroso que los evangelios dicen que fue, arquetipo de luchador incansable, fiel a sus ideas hasta el mismísimo final. Ojalá que su espíritu impregne a todo el orbe cristiano, creyente y no creyente. Ojalá que nos llene el alma y nos una en un esfuerzo común contra la codicia, contra la injusticia, contra el crimen organizado, y nos dé el coraje necesario para poner en el primer plano de la vida la dignidad del ser humano. /PC

http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/76607-navidad-en-tiempo-de-guerra.html

http://ecupres.wordpress.com/2013/12/23/navidad-en-tiempo-de-guerra/

miércoles, 2 de octubre de 2013

Los retos del papa Francisco y los de la Iglesia Católica Romana


El artículo publicado en esta página, ECUPRES, el pasado 2 de octubre bajo el título “La prueba decisiva de Francisco”, firmado por Hans Küng [1] nos invita a pensar lo que sigue.

En primer lugar que es mucho lo que Hans Küng le pide al papa. Es mucho si se tiene en cuenta la mentalidad de quienes forman la jerarquía de esa Iglesia Católica Romana. Los tres puntos básicos que él enuncia están tan lejos de lo que hasta hoy día nos han venido ofreciendo que el solo hecho de afrontarlos en virtud de su urgencia sería señal de gran atrevimiento.

Pero aun cuando eso que le pide llegase a darse, le faltaría todavía a la Iglesia Católica Romana algo imprescindible para ser una buena nueva en el mundo: le faltaría estar de verdad al lado de los de abajo. Le faltaría eso porque “estar de verdad” significa oponerse a los de arriba. Significa oponerse a quienes están siendo causa de los sufrimientos de millones de personas en el mundo, que son las capas altas de la sociedad y los gobiernos que a ellos favorecen.

Bien está considerar los sufrimientos morales que señala Hans Küng, pero olvidar o ignorar algo tan básico como los que produce la división social de la humanidad no nos parece que sea propio de una Iglesia que predica el evangelio.

El ciudadano de a pie, sumido en sus cotidianas preocupaciones, puede ignorar hasta cierto punto que el mundo entero está dividido en capas o clases sociales. Las clases altas y las bajas. Puede incluso no darse cuenta de que cada una de ellas está subdividida en otras varias, cuya visión enmascara la capa principal a la cual pertenecen según se miren desde una perspectiva u otra. Y así por motivos diversos alguien puede identificarse con una clase social a la que en realidad no pertenece, lo cual puede llevarle a actuar de modo inconsecuente y aun contrario a sus propios intereses. Tal sería el caso de los muchos pobres que llenos de buena fe o de necia vanidad mimetizan conductas de gentes de capas sociales más altas que la propia y acaban votando partidos políticos de derechas.

Pero el pontífice romano no puede ignorar algo tan elemental. No puede ignorarlo él ni nadie que tenga cargos de responsabilidad en esa Iglesia. No pueden ignorarlo por una razón elemental de conocimientos básicos necesarios, pero sobre todo no pueden ignorarlo porque hacerlo significa tomar parte en favor de la injusticia. Quien en presencia de una situación de flagrante injusticia no hace cuanto esté a su alcance para evitarla, está cometiendo una falta o pecado -désele el nombre que se le quiera dar- de omisión. Y esa falta será más grave cuanto más grande y evidente sea la injusticia y también cuanto más se incumpla la obligación moral de impedirla.

Ya en su día vimos la oposición clara del papa Juan Pablo II a la conducta de los clérigos que tomaban partido político en favor de los desposeídos. Lo vimos claramente en aquella vergonzosa imagen que dio la vuelta al mundo en la cual el pontífice reprendía públicamente a Ernesto Cardenal. También vimos claramente como su sucesor Benedicto XVI ensalzaba las virtudes caritativas de la Madre Teresa de Calcuta, muy loables ellas pero cuya loa era una clara invitación a ocuparse de hacer caridad dejando de lado enfrentar la causa de la injusticia. Algo muy contrario a eso había denunciado ya en su día el obispo Hélder Cámara cuando dijo algo así como “si ayudo a los pobres me llaman cristiano; pero si indago en las causas de la pobreza me llaman comunista”.

Ocuparse de las cuestiones del espíritu, de la relación entre los humanos y Dios, es un viejo truco del cual la Iglesia ha venido abusando a lo largo de los siglos. En todo momento ha potenciado un cristianismo espiritualista y cultista, en el cual la humanización de Dios, que según propia doctrina es Jesucristo, se ha dejado de lado en beneficio de su vertiente divina.

Mirar al cielo y no fijarse en lo que ocurre en la tierra ha sido desde tiempos inmemoriales la tónica de esa Iglesia. Atender la pobreza moral y los sufrimientos de los propios excluidos nos parece bien, pero insuficiente. Quizá diga bien Hans Küng cuando señala que esos son retos que tiene en este momento el papa Francisco. Pero la institución que el rige tiene desde hace siglos otros mucho mayores, que son vivir en verdad el evangelio en aquel mandamiento que ordena amar al prójimo como a uno mismo. Mientras eso no se cumpla, todos los apaños que pueda hacer la curia con el papa al frente podrán complacer más o menos a la feligresía católica, pero serán paños calientes que muy poca buena nueva traerán a la humanidad.

[1]  http://ecupres.wordpress.com/2013/10/02/la-prueba-decisiva-de-francisco/ 


PUBLICADO EN: http://ecupres.wordpress.com/2013/10/03/los-retos-del-papa-francisco-y-los-de-la-iglesia-catolica-romana/ 

lunes, 10 de junio de 2013

La plegaria del ateo


Aparcó el auto en la explanada que había delante del pequeño monasterio de monjas benedictinas que se encuentra un buen trecho antes de llegar al santuario de la Virgen de Montserrat, patrona celestial de Catalunya. Iba en calidad de chofer de unas mujeres que querían subir a pié, a modo de peregrino, desde ese lugar hasta lo alto del santuario, a una hora de empinado camino.

Él iba a hacer el mismo recorrido, pero solo a título de acompañante, pues hacia ya muchos años que había renunciado a toda creencia religiosa. Aun así, la mañana era hermosa, el tiempo estaba claro, el cielo luminoso y una brisa suave ligeramente fresca invitaba a caminar.

Al punto de partir, inesperadamente rompió a sonar la pequeña campana de la capilla del convento que advertía a las religiosas que era la hora del rezo. Su sonido era discreto, levemente áspero, casi como de cencerro. Nada que ver con el de la majestuosa campana del santuario, que se oía desde todos los confines de la sagrada montaña y cuyos golpes de badajo expandían ondas que hacían parpadear las llamas de los cientos de cirios que ardían en honor de la Virgen. No, el de aquella modesta campana era un sonido humilde, como la vida misma de las religiosas que su toque convocaba.

Quizá fue esa manifestación de humildad lo que le hizo sentir ganas de compartir los rezos de las monjas. Comunicó su deseo a las mujeres que acompañaba animándolas a echar a andar, diciéndoles que ya las alcanzaría, y se dirigió hacia la capilla.

Se sentó en un banco que había junto a la puerta, arrimado a la pared. El lugar que ocupaba estaba en penumbra. Las monjas entraban caminando despacio y sin hacer ruido ocupaban su lugar en el centro de la pequeña nave. A poco la campana calló. El silencio se hizo absoluto durante unos segundos. De pronto unos sonidos aflautados salieron de entre los tubos de un pequeño viejo órgano y una fina voz de mujer entonó un salmo.

Los rezos se iban sucediendo. Ora un canto a solo, ora una respuesta coral, ora una plegaria recitada... No había nada extraordinario en todo aquello, nada misterioso, nada sobrecogedor... Ninguno de los tópicos que suelen asociarse a lo sagrado parecía estar presente en aquella plegaria que se iba desarrollando con un aire como cotidiano, como de tarea colectiva común. Ninguna emoción fuerte le embargaba. No aparecía en ningún rincón de su mente Dios supremo alguno dispuesto a tocarle el corazón con su invisible dedo. No, nada. Tan solo paz, serenidad, calma absoluta en su mente. Tanta calma se había adueñado de él que ni siquiera podía balbucear una plegaria, expresar un deseo. Y no es que no lo tuviera, sino que...

Permaneció allí sentado con la mente casi en blanco hasta que terminaron los rezos. Las monjas fueron saliendo de la capilla con el mismo religioso silencio que habían entrado y cerraron tras de sí la puerta que daba al convento. Estaba solo. Entonces pensó en qué le hubiese pedido a Dios si de algún modo éste se le hubiese hecho presente. Sin duda alguna habría pedido algo que deseaba con toda su alma, algo por lo que gustosamente hubiese dado su propia vida de inmediato. Pero no formuló la petición. No la puso en palabras siquiera mentalmente. Se limitó a sentir vivamente dentro de sí ese deseo.

En eso estaba cuando de pronto una voz le dijo algo así como “discúlpeme pero tengo que cerrar la capilla”. Allí, a su lado una religiosa bajita, muy bajita, que entre la penumbra y la oscuridad del hábito se le hacía casi imperceptible, lo miraba con ojos bondadosos. Se levantó, pidió disculpas a su vez y salió al atrio. Seguía estando solo, pues el lugar era tan silencioso como el interior de la capilla... Solo que lleno de luz. Frente a él la pequeña explanada donde tenía aparcado el auto y un entorno de montaña y fronda.

Se sentó en uno de los peldaños de acceso al atrio y miró al cielo. La luz era deslumbrante en aquella hora del día. Sonrió pensando en lo ingenuo que le parecía imaginar que allá en lo alto podía haber un Dios esperando su plegaria, esa que no había verbalizado siquiera mentalmente. ¿Para qué? Si Dios era Dios, no necesitaba discurso alguno. Pero si él era hombre y quería ser algo más que una simple bestia, sí que necesitaba llenar su corazón de buenos deseos. De ahí que diese por bien empleado ese rato que había compartido con las religiosas en la capilla y el que estaba viviendo en aquel instante.

lunes, 18 de octubre de 2010

Sentir, pensar, creer... ed


Nadie camina en solitario por la vida. Ningún corazón late vacío de amores y de odios, pues la sangre de todo ser humano es una mezcla de ambos. Una mezcla caliente, oxigenada y viva, que nos mueve a gozos y a tormentos. Una mezcla que transporta hasta la más remota de nuestras fibras alimentos y afectos, todo cuanto nos nutre cuerpo y alma, ese conjunto indivisible que es el ser humano.

Quienes conocen bien el alma humana saben que hay que nutrirla de continuo, que no hay que dejar que se apague la pasión que nos hace latir, porque en ese latir está la vida. Para eso están las fiestas y los juegos y el arte y la cultura entera, para llenarnos de gozo y evitar que nos invada la tristeza y nos domine el tedio y con él entren en nuestro corazón los rencores y el odio. Pero también para este fin está el pensamiento, para que no sea puro instinto animal cuanto nos mueva; para que nos vayamos convirtiendo día a día, año tras año, en seres verdaderamente humanos.

Pensar es necesario. No podemos prescindir del pensamiento. Es preciso pensar en todo momento cuanto estamos haciendo y mirar bien el camino que estamos siguiendo, no sea que extraviemos y vayamos a parar a algún atolladero. El ser humano aprende cuando actúa y piensa, y suele errar cuando prescinde del pensamiento.

Por fortuna pensar es una facultad humana. Todo ser humano es capaz de pensar, no tan sólo en lo más necesario para su subsistencia sino en todo aquello que sirve para llevarle a estados más felices. Nadie debe por tanto renunciar a esta tarea ni delegarla en otros, porque de que la lleve a cabo con acierto van, a la larga, su sufrimiento y su gozo y el de su entorno y el de su descendencia y el del mundo entero, porque todo trasciende, nada se queda en lo inmediato sino que se expande y acaba abarcando el universo. Pensar es un deber por tanto, una responsabilidad ineludible de todo ser humano.

Pero pensar no es fácil y es incómodo y además da miedo. Porque pensar es barajar lo que sabemos, confrontarlo, ponerlo en orden, discernir, desechar lo inservible y hacer limpieza del trastero de la mente; porque no es cierto aquello que se dice de que “el saber no ocupa lugar”, pues sí lo ocupa, y a veces de tal modo que no deja espacio para otras maneras de entender la vida, porque el saber y el pensar y el sentir y el creer de un cierto modo llenan a rebosar nuestra persona.

En ese cúmulo de “certezas” nos asentamos, aunque con riesgo de tambalearnos y aun derrumbarnos si alguna realidad nos zarandea demasiado. Por eso la mayoría de la gente prefiere “no pensar”, no cuestionar en ningún momento lo que le han enseñado, permanecer fiel de por vida al pensamiento heredado. Pero cuando así se actúa, pensar ya no es pensar sino recrearse en lo ya pensado; es detenerse, no es hacer camino, es inmovilizarse, echar raíces... Aunque vete a saber de qué árbol y para dar qué frutos.

Ese “no pensar” que señalamos no es, como suele decirse, sinónimo de creer. No, en absoluto. Creer es inherente al ser humano. No hay nadie que no crea. Creemos de a poco de nacer, desde el momento justo en que nos diferenciamos de nuestra madre. De niños creemos sin pensar; de adultos, después de haber pensado. ¡Cuanto niño crecido hay en el mundo, gente que cree a pies juntillas lo que le echen, sin pararse a pensarlo!

De ese “no pensar”, de esa fe infantil, de esa credulidad ciega e irresponsable viven los lideres desalmados, religiosos y profanos. Viven de generar ensueños, prometiendo paraísos en la tierra o en el cielo a cambio de no cuestionar nada, de dar por bueno cuanto dicen, de aceptar sin discusión sus conclusiones y de hacer nuestra su escala de valores. Viven de mantener una humanidad infantil, retrasada, inteligente pero necia, manipulable, de niños irresponsables entretenidos permanentemente con sus juegos y con sus fantasías, seres indefensos, fáciles instrumentos para sus ambiciosos fines.

Hace algunos años le oí decir a una monja, profesora de Biblia, mujer inteligente y llana, cuando en una de sus clases explicaba “El libro de Job”: “Guardad la fe de la primera comunión donde guardasteis el vestido que llevasteis aquel día, porque os quedó tan pequeña como aquél y ya no os sirve”. La escuche atentamente y “me quedé con la copla”, que en mi fuero interno repetía:

“Guardad la fe infantil, la credulidad ciega, irreflexiva y necia, y cambiadla por una fe adulta, cuestionada, pensada a la luz de cuanto el ser humano ha ido aprendiendo con el paso del tiempo. Pero no viváis sin fe, porque sin fe no se avanza, no se hace camino, no se va a parte alguna, no se ama, no se confía, no se apuesta por la vida”.

Nota. Este artículo es integrante de una serie de notas de Josep Castelló englobadas en título genérico “Otro Mundo es Posible, Otra Educación es Necesaria” / PE

Publicado el 18 de enero de 2010 en:

ECUPRES
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4241

MERCOSUR NOTICIAS

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martes, 9 de febrero de 2010

El paradójico autoengaño de la Esperanza


Hacía tiempo ya que la leyenda de Leónidas en las Termópilas vagaba por su mente. Su presencia era quizá una respuesta inconsciente a esa afirmación tantas veces refrendada de que no se puede vivir sin esperanza.

¡Esperanza! Qué gran palabra tan ambigua y carente de sentido en su fuero interno. Esperanza ¿de qué? ¿De una vida feliz tras la muerte, quizá? ¿De que algún día la justicia y la bondad triunfasen en el mundo? No. Hacía ya muchos años que no profesaba creencias religiosas. Lo que pudiese haber más allá de la muerte le parecía un misterio indescifrable. En cuanto a lo segundo, tanto la información que recibía como lo que a diario observaba le llevaban a ver que ahí no había siquiera argumento para una fantasía. Luego ¿qué esperar cuando el alma se resiste al ensueño y la realidad golpea con dureza?

En esa divagación se enzarzaba cada vez que una noticia tenebrosa le llegaba al alma. Su impotencia se hacía tan presente que le llevaba a ver pequeñas también a todas las personas que a pleno riesgo hacían frente a las poderosas huestes del Imperio. La victoria no cabía siquiera en el mayor de los sueños. Vencer era imposible. Más tarde o más temprano la maldad imperial acabaría con toda resistencia. Era una derrota ya cantada. Pero aun así, Leónidas y sus trescientos espartanos se unían en su mente al Cristo crucificado que tantas veces había contemplado.

Quizá por su naturaleza pesimista o por la educación recibida amén de cuanto había visto y vivido, consideraba la vida como una condena. Un “valle de lágrimas”, según canta la “Salve” con estoicismo gregoriano. Imaginaba la humanidad como un enjambre de sísifos empujando hacia arriba instante tras instante su propia vida, empeñando todas sus fuerzas en mantenerla en lo alto. Sudor, sangre, sufrimiento y muerte al fin.

Ante una visión interna tan lacerante, de nada le servía la perspectiva religiosa porque ¿cómo compaginar la imagen de un Dios bondadoso con la del Creador de tanto sufrimiento? No, en modo alguno le cabían ahí las enseñanzas cristianas que recibió de niño y aun de joven. Si había un Dios, seguro que pensarlo no estaba a su alcance, de modo que mejor lo dejaba. Y no obstante esa era la fuente de su leche materna, la que lo había nutrido desde el primer momento de su vida. Quizá por eso cuando la adversidad arreciaba y amenazaba firme la desesperanza, el Cristo en cruz preguntando en tono de queja a su Eterno Padre por qué lo había abandonado acudía a su mente junto a la leyenda espartana.

Sabía bien que el mundo estaba lleno de miseria. Que los pobres vivían cada día más derrotados en tanto que la bestialidad de los poderosos crecía exponencialmente. La cruel hidra de la codicia dominaba hasta el más remoto rincón de la tierra y devoraba a quienes se le enfrentasen. Y no obstante, ni de lejos pasaba por su mente ceder, dejar que rodase pendiente abajo la piedra de su existencia. Temblaba sólo de imaginarse yaciendo en lo hondo del barranco junto a los demás seres que huelgan sin más conciencia de sí mismos que la de un perro o un gato o un asno o un caballo o cualquier animal doméstico o de carga o cualquier irredento desalmado.

El panorama que alcanzaba a contemplar desde su perspectiva era desolador. Si veía esta vida como una condena; si en su pensar y razonar no había lugar alguno para la esperanza; si no podía ni quería vivir meciéndose en una nube de opiáceos ensueños, a algo tenía que aferrarse para no caer en la desesperanza. Y ahí estaba Leónidas, un pagano, junto al Cristo cristiano, haciendo cada cual lo que debía según su fuero interno, movidos ambos por la honda convicción de que ese y no otro era su destino.

En este desvarío se encontraba una vez más aquella noche cuando una luz le vino de repente, con la cual vio, quizá por vez primera, que a pesar de su profundo pesimismo un resquicio le dejaba a la esperanza en lo hondo del alma, pues que con Fe ferviente aunque no exenta de angustia esperaba que esa Fuerza Misteriosa que mueve el universo le mantuviese el ánimo de por vida y no le dejase caer en la desesperanza.


Publicado en Prensa Ecuménica ECUPRES el 9/2/2010.
http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4301

viernes, 27 de noviembre de 2009

Reivindicar la guillotina


Escuchando y leyendo cuanto dicen los informativos referente a geopolítica, a distribución mundial de riqueza-pobreza y al impune abuso de poder de quienes detentan la propiedad del mundo, se me ocurre que desde una posición contraria a la pena de muerte es digno y justo, equitativo y saludable reivindicar la guillotina, ese afilado instrumento de podar nobles testas que sirvió antaño para atajar de raíz el pensamiento reaccionario.

Posiblemente la restauración de ese terrorífico ingenio comportaría no pocos “daños colaterales”, como eufemísticamente se les llama ahora a los inocentes que mueren por causa de las guerras que mueve la codicia del imperio. Pero dudo que el número de víctimas fuesen ni de lejos comparable al que ahora da la defensa de la democracia, esa diabólica falacia mediante la cual una mínima parte de la población mundial convierte en esclava suya al resto.

Esclavitud, hambre, miseria de todo orden que condena a muerte a millones de seres humanos por el solo delito de haber nacido pobres. Luego he dicho bien cuando he reivindicado la guillotina desde una posición contraria a la pena de muerte.

Hoy la humanidad entera está dividida entre ricos y pobres, al igual que desde los más remotos tiempos históricos. La democracia sigue siendo un acuerdo entre ricos, al igual que lo fue en sus comienzos. Los pobres siguen sin contar para nada en ella, por más que ahora se intente disimular ese ninguneo mediante la falacia del voto. La realidad es que en las decisiones que toman quienes gobiernan no está previsto que el pueblo pueda siquiera opinar. ¿Qué diferencia hay entre el despotismo reinante en la Francia del siglo XVIII y el que impera actualmente en el mundo?

Si los aristócratas eran los odiados amos de la tierra en aquellos tiempos, hoy son los ricos del mundo quienes esa propiedad ejercen. Ellos son quienes deciden la vida o la muerte de millones de personas mediante los diversos procedimientos que tienen a su alcance. Los políticos son los paladines de tan altos señores, quienes dan la cara por ellos y les protegen y defienden mediante el brazo armado de toda esa chusma de esbirros, ejecutores, torturadores y asesinos profesionales que tienen a sus órdenes. Nada ha cambiado pues, salvo las apariencias.

Si en aquel tiempo hubo una clerecía encargada de lavar el cerebro al pueblo sometido, hoy ésta ha sido desplazada por los llamados medios de comunicación de masas, “mass media” en la lengua del imperio. El método es básicamente el mismo, pues consiste en forjar una cadena esclavizante en la propia mente del esclavo.

A la vista de todo ello, no puedo evitar pensar si no se estarán dando en el presente de nuestra opulenta civilización occidental cristiana motivos similares a los que puso en marcha el infernal invento propuesto allá por 1789 a la Asamblea Constituyente Francesa por Joseph-Ignace Guillotin.

El conflicto moral que tales pensamientos generan en mi mente hace que aparezcan en ella, rebeldes y victoriosos, héroes pacifistas como Gandhi o Martin Luther King y otros no tan famosos pero igualmente merecedores de admiración por haber sabido combinar la resistencia al oprobio con el respeto a la vida.

“Más vale padecer injusticia que cometerla” dicen que decía Sócrates. Sin duda. Pero ¿es injusto tratar de evitar que millones de seres humanos sean víctimas de algunos de sus congéneres?

Como un eco sin respuesta resuena en mi mente esta pregunta mientras como entre brumas desfilan las imágenes de quienes a lo largo de la historia, en diversas luchas, han dado fe con su sangre de que los derechos de los pueblos nunca fueron un regalo de quienes los oprimían.

De pronto una música estridente me sobresalta. Ante mí el televisor muestra imágenes de un spot publicitario. ¿Será cuanto antecede una pesadilla que me vino en un instante que me quedé traspuesto? Quizá. Ruego a quienes lo hayan leído que me disculpen por no haber podido evitar su relato.

Publicado en ECUPRES:
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viernes, 9 de octubre de 2009

Es en la rebelión donde el alma se revela

Rebelarse es una actitud visceral, un movimiento sísmico humano que arranca de lo hondo del alma. Cuando alguien se rebela lo hace con las entrañas y aun en contra de toda razón y conveniencia. Las grandes rebeliones de la historia las han protagonizado pueblos con conciencia, con el alma despierta. Pueblos formados por hombres y mujeres conscientes de su dignidad humana que se han rebelado contra la injusticia, la mentira, la humillación, y se han lanzado a la lucha en pos del ideal que brillaba en su mente, en su corazón y pensamiento, en su alma despierta.

Rebelarse es la condición esencial del ser humano, el baremo que marca el nivel de humana dignidad de la persona. Y puesto que la natura humana tiene tendencia a someter al otro, a explotarlo, a obtener beneficio del esfuerzo ajeno, es preciso que el alma esté despierta para cerrarle el paso a toda esa injusticia, ajena y propia, puesto que todos estamos expuestos a caer en la más absoluta iniquidad. De ahí que la rebelión no sea tan sólo un acto contra otro u otros sino que puede y aun debe serlo también contra uno mismo cuando la conciencia a ello llama.

Pero para que la conciencia grite reclamando justicia hay que tenerla viva y bien despierta. Forjarse una conciencia no es algo gratuito; requiere dedicación, tenacidad, continuidad, firmeza, reflexión, meditar, contemplar la belleza de la vida con el alma serena y el corazón henchido. Requiere educación y aun autoeducación y un largo y generoso filosofar durante toda la vida. Forjarse una conciencia, hacer crecer el alma no es algo gratuito ni es nada banal que se obtenga sin más; requiere esfuerzo.

Ese ente misterioso y metafórico, el alma humana, que tanto verbo ha movido, no es algo que se pueda dejar en el olvido, al margen de la vida cotidiana pensando en sacarlo a relucir cuando convenga, igual que los pendones en las celebraciones y fiestas lugareñas. El alma vive y crece al ritmo de nuestra propia vida o se atrofia como miembro en desuso y al final fenece o si más no queda inservible.

Y es tal vez por eso que ahora en nuestro mundo acomodado rebelarse no se estila, que es una actitud fuera de moda, que no se lleva ya. Ha quedado tan sólo en rasgo peculiar de adolescentes, una incomodidad inevitable que padres y educadores intentan casi siempre esquivar y aun neutralizar, para bien del educando, según dicen. La mayoría de la población al asumir su condición de adulto entiende que madurar consiste en ser feliz a ultranza, adaptándose al sistema y sumiendo su alma en una estado de sopor que le impida plantearse toda cuestión acerca de cuanto pueda acaecerle, evitando de ese modo cualquier incomodidad de cuerpo y de alma, aun a costa de su propia dignidad humana. Algo así como un proceso de hibernación mental de por vida que garantice la supervivencia en el glacial panorama moral que va a envolverle.

Actualmente acá, la gente lleva años ya sin rebelarse más que contra la misma rebelión, contra todo lo que pueda constituir un estorbo en el camino trazado por la propia inercia. La inmovilidad parece ser uno de los valores máximos de esta sociedad nuestra que, paradójicamente, se caracteriza por la velocidad, por el movimiento permanente, por lo poco que duran ya las cosas empezando por los cacharros esos a que tan aferrados estamos y sin los cuales parece como si no pudiéramos vivir. Un afán desquiciado de renovación y consumo, que afecta incluso a la estructura emocional de las personas y a su vida afectiva, es la principal característica de esa inercia esclavizante contra la cual parece imposible rebelarse.

Un correr permanente, sin alma, sin conciencia, para así ir más deprisa a nadie sabe donde, hace como de balanceo de las almas, justo para mecerlas y dormirlas, para inmovilizarlas hasta atrofiarlas y así poder embrutecer a las personas hasta convertirlas en simples individuos de una gran masa, amorfa y manipulable por quienes ostentan el poder. Masa en lugar de pueblo. Individuos sin alma en lugar de personas conscientes.

Ese es el gran triunfo del capitalismo, convertir el pueblo en masa. Pero ese ha sido también siempre el gran objetivo de todas las ideologías y religiones generadoras de creencias: esclavizar el pensamiento, secuestrar las mentes, anular las conciencias, adormecer las almas para así convertir las personas en individuos y el pueblo en masa.

Personas sin alma, pueblos sin alma, individuos, masa... Sumisión permanente... Triunfo del poder esclavizante. Un pueblo sin conciencia, con el alma dormida, es un pueblo vencido y sometido.

Pero no para siempre, pues que ninguna esclavitud es perpetua. La crisis de opiáceos alcanza ya al mundo acomodado. Entre la gran masa empieza a florecer la conciencia ¿Despertarán las almas? ¡Quién sabe! Es en la rebelión donde el alma se revela.

NOTA: El presente artículo es la reedición hecha por su autor de uno que con el mismo título publicó en KAOSENLARED.NET el 9/7/2004.

Publicado en:

ECUPRES – 09.10.2009

http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=4069

MERCOSUR NOTICIAS

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lunes, 14 de septiembre de 2009

Sentir, pensar, creer...


Nadie camina en solitario por la vida. Ningún corazón late vacío de amores y de odios, pues la sangre de todo ser humano es una mezcla de ambos. Una mezcla caliente, oxigenada y viva, que nos mueve a gozos y a tormentos. Una mezcla que transporta hasta la más remota de nuestras fibras alimentos y afectos, todo cuanto nos nutre cuerpo y alma, ese conjunto indivisible que es el ser humano.

Quienes conocen bien el alma humana saben que hay que nutrirla de continuo, que no hay que dejar que se apague la pasión que nos hace latir, porque en ese latir está la vida. Para eso están las fiestas y los juegos y el arte y la cultura entera, para llenarnos de gozo y evitar que nos invada la tristeza y nos domine el tedio y con él entren en nuestro corazón los rencores y el odio. Pero también para este fin está el pensamiento, para que no sea puro instinto animal cuanto nos mueva; para que nos vayamos convirtiendo día a día, año tras año, en seres verdaderamente humanos.

Pensar es necesario. No podemos prescindir del pensamiento. Es preciso pensar en todo momento cuanto estamos haciendo y mirar bien el camino que estamos siguiendo, no sea que extraviemos y vayamos a parar a algún atolladero. El ser humano aprende cuando actúa y piensa, y suele errar cuando prescinde del pensamiento.

Por fortuna pensar es una facultad humana. Todo ser humano es capaz de pensar, no tan sólo en lo más necesario para su subsistencia sino en todo aquello que sirve para llevarle a estados más felices. Nadie debe por tanto renunciar a esta tarea ni delegarla en otros, porque de que la lleve a cabo con acierto van, a la larga, su sufrimiento y su gozo y el de su entorno y el de su descendencia y el del mundo entero, porque todo trasciende, nada se queda en lo inmediato sino que se expande y acaba abarcando el universo. Pensar es un deber por tanto, una responsabilidad ineludible de todo ser humano.

Pero pensar no es fácil y es incómodo y además da miedo. Porque pensar es barajar lo que sabemos, confrontarlo, ponerlo en orden, discernir, desechar lo inservible y hacer limpieza del trastero de la mente, porque no es cierto aquello de que «el saber no ocupa lugar», pues sí lo ocupa. Y a veces de tal modo que no deja espacio para otras maneras de pensar y de entender la vida, porque el saber y el pensar y el sentir y el creer llenan a rebosar nuestra persona hasta el punto de definirnos, de ser quien somos. 


Ese conjunto intelectual y afectivo que somos tiene sus puntos flacos; se mantiene en pie si nada lo cuestiona, pero puede tambalearse y aun derrumbarse si se lo zarandea demasiado. Por eso la mayoría de la gente prefiere no cuestionar ninguna de sus certezas, ninguna de “sus seguridades”. Y cuando así se actúa, pensar ya no es pensar sino recrearse en lo ya pensado por nuestra propia mente o por mentes ajenas. Y esto es pararse, no es hacer camino, es inmovilizarse y quizás echar raíces... Pero vete a saber de qué árbol y para dar qué frutos.

Lo contrario de pensar no es creer, como a veces se dice, sino “no pensar”. Creer es inherente al ser humano. No hay nadie que no crea. Creemos de a poco de nacer, desde el momento justo en que nos diferenciamos de nuestra madre. De niños creemos sin pensar; de adultos, después de haber pensado. ¡Cuanto niño crecido hay en el mundo, gente que cree a pies juntillas lo que le echen, sin pararse a pensarlo!

De ese “no pensar”, de esa fe infantil, de esa credulidad ciega e irresponsable viven los lideres desalmados, religiosos y profanos. Viven de generar ensueños, prometiendo paraísos en la tierra o en el cielo a cambio de no cuestionar nada, de dar por bueno cuanto dicen, de aceptar sin discusión sus conclusiones y de hacer nuestra su escala de valores. Viven de mantener una humanidad infantil, retrasada, inteligente pero necia, manipulable, de niños irresponsables entretenidos permanentemente con sus juegos y con sus fantasías, seres indefensos, fáciles instrumentos para sus ambiciosos fines.

Y si pensar no es fácil, creer aun lo es menos. Se me ocurre que no va más allá de aquello que, por instinto o por haberlo mamado o por la razón que sea, no podemos dejar de creer sin que el mundo se nos venga abajo. Pòrque ¿en qué creer si no queremos eludir la realidad; si no aceptamos infantiles ensoñaciones; si nos negamos a llamar maestro o padre o madre a quien predica una cosa y hace otra; si por más que buscamos no encontramos más camino que el trazado por la ambición de quienes rigen el mundo; si cuando hallamos gentes afines vemos que están en una situación de desconcierto similar a la nuestra?

Hace algunos años le oí decir a una monja profesora de Biblia, mujer inteligente y llana, cuando en una de sus clases explicaba “El libro de Job”: «Guardad la fe de la primera comunión donde guardáis el vestido que llevasteis aquel día, porque os quedó tan pequeño como aquél y ya no os sirve». La escuche atentamente y me quedé con la copla que en mi fuero interno entendí que decía:

− Guardad la fe infantil, la credulidad ciega, irreflexiva y necia, y cambiadla por una fe adulta, cuestionada, pensada a la luz de cuanto el ser humano ha ido aprendiendo con el paso del tiempo. Pero no viváis sin fe, porque sin fe no se avanza, no se hace camino, no se va a parte alguna, no se ama, no se confía, no se apuesta por la vida.

Pep Castelló | Para Kaos en la Red | 14-9-2009 | 2192 lecturas |
www.kaosenlared.net/noticia/sentir-pensar-creer

jueves, 23 de octubre de 2008

Izquierdas, derechas y verdades absolutas

La viñeta de Máximo publicada en El País en fecha 29/7/2007 * que un amigo me envió hace unos días me hizo sonreír y, al rato, empezar a hacer cábalas. 


Jesús proponía cambios: los últimos en el lugar de los primeros; bienaventurados los humildes, los pobres, los marginados; el de arriba que sirva al de más abajo; no llaméis padre ni maestro a nadie, no se hizo el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre... No eran cambios circunstanciales sino cambios en la forma de mirar, de entender, de sentir, de relacionarse; era un cambio profundo en la conciencia, una transformación en el interior de la persona que ponía patas arriba todo el orden establecido. Era un desafío total, una revolución completa que empezaba en el corazón mismo de cada ser humano, en lo más hondo de su alma, y afectaba a toda su conducta. ¿Cabe imaginar algo más subversivo, más a la izquierda?

Es obvio que semejante actitud no sirve como base para una religión imperial ni estatal −no servía en el siglo tercero ni sirve ahora; no hay más que ver los problemas que ha tenido y tiene aún la Teología de la Liberación−. Luego para poder hacer de Jesús el centro de una religión conveniente a quienes detentan el poder había que aguar sus enseñanzas, había que neutralizar su fuerza revolucionaria. ¿Cómo hacerlo? Pues mirando al cielo, divinizándolo hasta el punto de minimizar su gran humanidad. Y así, a golpe de concilio y a fuerza de devanarse los sesos se llegó a la "revelación" de las verdades absolutas, a los dogmas, a la jerarquía infalible designada por el mismísimo Espíritu Santo, a una religión cultista y a una Iglesia de derechas.

De derechas porque lo propio de la derecha es la estabilidad, el continuismo, lo jerárquico, la oposición a cualquier cambio, el afán de asegurar el orden que garantiza los propios privilegios, sean muchos o pocos. Un afán de seguridad que es la piedra angular de todo autoritarismo, religioso o político. En ella han tropezado todos los movimientos transformadores y a partir de ella han girado hacia la derecha, se han anquilosado, se han petrificado y han acabado feneciendo. Porque no se puede ser profeta ni revolucionar nada desde el privilegio, ya que éste no es sino traición al espíritu fraterno que se pretende instaurar.

Pero de derechas también porque ¿cómo puede no ser de derechas alguien que se cree en posesión de la verdad absoluta?

Creerse en posesión de la verdad implica, inevitablemente, la descalificación de quienes no comparten el mismo pensamiento. Es un gesto de arrogancia que sitúa mentalmente a quienes así piensan por encima de quienes no comparten su modo de pensar o de creer. Es una clara actitud de discriminación, de clasismo intelectual. Es renunciar a cuestionarse el propio pensamiento, o bien cuestionarlo sólo de mentirijillas, no fuese a ser que se viniese abajo. Luego es renunciar a avanzar, a modificar nada, y menos todavía a transformarse. Es una clara actitud antirrevolucionaria. ¡Más de derechas, imposible!

No puede ser más acertada, pues, la observación que hace el Dios Padre del chiste. En nuestra "opulenta civilización occidental cristiana" no suele verse en los templos a las gentes más desfavorecidas socialmente sino a las que están en situación relativamente mejor, es decir, a las que no están por muchos cambios, o sea a las de derechas. ¿Cómo no va a ser así, si obispos y cardenales viven en palacios? ¿Acaso no es el de arriba quien tiene que dar ejemplo al de más abajo? ¿Cómo era aquello de poner la luz en lo alto?

Que en la Iglesia hay gente de izquierdas, no me cabe la menor duda. Ahí tenemos esparcidas y esparcidos por el mundo a quienes echan su suerte con los pobres de la tierra. Y sin ir muy lejos ni en el espacio ni en el tiempo, ahí tuvimos Entrevías, una manifestación eclesial ejemplar y nada derechosa. Pero toda esa entrega de gentes que siguen a Jesús no impide que institucionalmente la Iglesia sea de derechas y que ésa sea mayoritariamente la mentalidad de quienes la siguen. /PC



FE ADULTA  23/10/2008  

miércoles, 21 de mayo de 2008

La costosa ataraxia


Permanecer en actitud serena ante lo que sentimos en lo hondo como injusticia o engaño premeditado es para algunas personas, entre las que se cuenta quien esto escribe, muy difícil. Cada cual es como es y responde como responde; hay quien se inhibe y vive y hay quien se lanza al monte.

Modelar el carácter a partir de una edad ya algo avanzada no es tarea fácil. Algo pueden ayudar a controlar la propia conducta los fármacos que ahora hay disponibles, pero en general y aun sin ser una verdad absoluta, el viejo refrán de «genio y figura hasta la sepultura» tiene mucho de cierto. Tal vez por esta razón hindúes y budistas piensen en la reencarnación como una solución para seguir con la ardua tarea de alcanzar la perfección en este mundo antes de quedarse definitivamente en el otro, lo cual vendría a ser el equivalente del purgatorio católico, esa especie de sala de espera donde las almas se pulen antes de partir definitivamente hacia el cielo. Quizá una y otra idea no sean más que fantasías, pero da igual, porque a algo tiene que agarrarse la mente para no caer en el vació de ánimo que conlleva pensar como un absurdo la propia vida.

El problema de la ataraxia es el costo. ¿Quién la paga? En general, las cosas las paga quien las sufre. No quien echa mano al bolsillo y saca el dinero o la tarjeta de crédito, sino quien con su sudor y sufrimiento hizo posible que ese dinero fuese a parar a manos de quien lo usa. Pero pensarlo de este modo nos resulta incómodo, y preferimos echar mano de nuestra moral de propiedad privada, la cual se puede resumir con un refrán ya viejo por olvidado que dice: «A cada cual lo suyo y robar lo que se pueda».

La moral es la mejor ataraxia que podemos tener fácilmente a nuestro alcance. Si todo el mundo lo acepta, y sobretodo si las personas prominentes de nuestro entorno encabezan esa aceptación, nuestro ánimo puede permanecer sereno. Podemos seguir con nuestra paz en el alma, centrando toda la atención en nuestros asuntos, impertérritos ante el dolor ajeno causado por nuestra forma de vida, a pesar de tener por bien cierto que si pocos podemos tener mucho es porque muchos pueden tener muy poco. No importa. Nuestras autoridades morales tradicionales dicen que el orden es sagrado y que debemos limitarnos a paliar el sufrimiento que hallemos en nuestro metro cuadrado. Ahí está el ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta, una santa a ojos de todo el mundo. Caridad, pues, y nada de pensamientos revolucionarios, que estos no favorecen en nada la ataraxia.

Quienes se han dedicado al estudio de las creencias y las ideas religiosas coinciden en que todos los pueblos han elaborado en cada momento de su historia formas de pensamiento religioso que les permitiesen vivir en paz consigo mismos y con su entorno inmediato. Y la historia – la no tan especializada sino más general − nos cuenta que tan celosos de esa paz han estado los líderes humanos que en no pocas ocasiones han impuesto ese pensamiento a fuego y espada a propios y a extraños. Mantenimiento y expansión de la fe le han llamado en uno y otro caso; pero lo que ha contado en ambos ha sido asegurar que en el entorno inmediato no hubiese nada que pudiese alterar ese pensamiento colectivo que tanta paz da al alma. Ya es antiguo, pues, eso de hacer pagar a otros la ataraxia.

Hoy gozamos de paz en el mundo opulento que habitamos. Y hoy igual que ayer, el costo de nuestra paz es la desgracia ajena. El mundo pobre es el que, gracias a Dios, paga con su dolor nuestra ataraxia. Hablar de justicia y de paz sin alterarnos es posible gracias a esta bendita forma de vivir y de pensar que llevamos cristianos y paganos, la cual nos impide cuestionar para nada esta droga del bienestar que es el pensamiento satisfecho, religioso y profano. Gran regalo del cielo, para quienes lo gozamos. Gran ejemplo de paz y convivencia en armonía este orden sagrado que han logrado a través de los siglos los líderes espirituales y terrenales de nuestra opulenta civilización occidental cristiana. ¡Elevemos con gozo el corazón al cielo y demos gracias! /PC

http://bibliotecadelgrillo.blogspot.com.es/2008/05/la-costosa-ataraxia.html

sábado, 17 de mayo de 2008

El sagrado orden

«Si no hay libertad para ofender, no hay libertad de expresión». (Salman Rushdie)


Parece exagerado y tal vez lo sea, porque en principio a nadie le parece bien la ofensa como norma relacional. Pero vayamos por pasos: «el respeto debido», «la obediencia debida», ¿qué son sino murallas para hacer intocables a quienes están arriba?

Desde una óptica conservadora, esta frase atribuida a Salman Rushdie es inaceptable. Pero es que desde ese punto de vista también lo es todo cuestionamiento del orden establecido. El “orden”, tal como lo entienden las mentes conservadoras, es sagrado. Y a poco que se mire se verá que esa sacralización incluye los privilegios de quienes lo gozan y lo sostienen, que es tanto como decir sus logros a hierro y a fuego consolidados luego mediante leyes y costumbres.

Si no hay libertad para llamar a las cosas por su nombre, algo que para quienes están instalados en la mentira es siempre una ofensa, no hay libertad de expresión. Y si no hay libertad de expresión no hay posibilidad alguna de cuestionar nada de cuanto quienes ostentan el poder consideran sagrado, y todo permanece inmóvil gracias a ese sacrosanto respeto que desde lo alto ha sido instaurado. Y no por ningún dios precisamente sino por la astucia y falta de escrúpulos de quienes tienen su trono posado sobre lomos ajenos.

El orden establecido se asienta sobre la programación de las mentes de todos y cada uno de los individuos de una sociedad, y cambiar esa programación es muy difícil, por no decir imposible. Cualquier cambio profundo en la mente de alguien es un trastorno grave que el individuo intenta evitar a toda costa porque le desestabiliza. De aquí que el poder, una vez instaurado, cueste tanto de remover, porque son los mismos individuos quienes lo defienden enconadamente.

En una sociedad gobierna y manda e impone su orden quien controla las mentes de los individuos. De ahí que quienes ostentan el poder muestren tanto celo en mantener intactos los fundamentos emocionales básicos de ese control, y no dejen el menor resquicio a nada que los pueda mermar. A este fin se han aplicado siempre los censores e inquisidores de todas las épocas, quienes junto con los proselitistas han tenido la misión de mantener y consolidar la colonización mental de los individuos en bien del orden establecido.

Pero ocurre a veces que ese orden no es sino aparente; un ordenado desorden que sirve para esconder y si es preciso justificar cuanto de inaceptable hay en una sociedad; una falacia tan hábilmente tramada que ha calado hondo en el alma de quienes ingenuamente la comparten. Y cuando esto ocurre, todo cuanto se dice y se hace para desenmascarar tal mentira será un atentado al orden y a las buenas costumbres.

No es tan exagerada pues la frase de Salman Rushdie. Es más, yo la ampliaría y diría: si no hay libertad para ofender, no hay libertad de expresión ni posibilidad de cambiar el orden establecido.



sábado, 2 de febrero de 2008

Desvarío


A golpe de corazón camina el mundo y se hace la vida, y cuando éste no late el cuerpo muere. Hierve la sangre con el calor del alma, del fuego que nos arde en las entrañas, en lo más hondo, cuando nadie lo apaga con desencantos o con tristes malas artes. ¡Y que poco avanzamos sin este fuego interno que nos mueve!

Pero ahí están los sabios, los prudentes, los que solamente miran por sus bienes y consideran a los demás mortales como bestias u objetos, animales domésticos para su propio uso, metiendo siempre de por medio a la “sabiduría”. Ahí nos vienen siempre con la “prudencia”, su gran arma secreta, antiquísimo escudo antimisiles, destructor de todo cuanto empuja y se mueve. Ahí están moderando el empuje del corazón, que moderar es la función primordial de la prudencia, del pensamiento sabio, ponderado, conservador por encima de todo, del que cuida que no vayamos a descarrilarnos.

¡Nada de brusquedades! Un balanceo suave, moderado, ora a la derecha ora a la izquierda, pero siempre en su sitio, sin rebasar los límites marcados por la propia conveniencia de quienes ejercen la moderación suprema.

Y a propósito de supremo, Dios de por medio, porque de él echan mano casi siempre los ambiciosos y los conservadores, los que ansían doblegar a la gente para así explotarlos con más facilidad y menos esfuerzo, y los que temen que algo se les vaya de las manos si el pueblo piensa y deja de temer a ese Padre Eterno creado por la mente de las gentes creyentes a imagen y semejanza del muy amado, temido y respetado terrenal padre. ¡Dios, qué tragedia! ¡Y Tú que según dicen nos enviaste a tu Hijo para que nos despertase la conciencia y nos revolucionara! ¿O no fue para eso? No sé donde habré leído yo algo de todo esto, de enfrentar hermanos con hermanos, padres con hijos… Soy mal cristino yo y tengo mala memoria, pero me suena que en algún evangelio Jesús dice que no vino a traer paz… O algo parecido.

Bueno, pues no. Una cosa es lo que dice el evangelio que Jesús dijo, y otra lo que piensa la clerecía que conviene. Que le conviene a ella y a sus gentes, que las otras no importan. Que hay demasiada gente en el mundo, y no están de más las guerras y las enfermedades y el hambre de los otros. ¡Qué desvarío! Bueno a veces desvariamos los humanos de madrugada, ¡pero de día…! ¿Será que el desvarío me ha venido de leer las noticias de esta semana? El presidente de Francia predicando sumisión y religiones en vez de libertades y República; obispos católicos españoles, supuestamente cristianos, recomendando votar a partidos fascistas, intolerantes, violentos... ¿Un nuevo golpe militar, si pudieran…?

Lo dijo Jon Sobrino: «la salvación del mundo está en los pobres». Bueno, yo no lo creo. No creo que a este mundo lo salve nadie. Pero no es cosa de creerlo sino de hacerlo, de vivirlo a golpe de corazón como toda la gente que lucha aun sabiendo que poco se puede hacer en esta vida sino luchar para avivar el fuego que nos arde en lo hondo del alma, en lo más nuestro, para que no se apague, aunque en ello nos vaya la misma vida. «No temáis los que matan el cuerpo…». Pues aunque no lo crea, si encuentro ese escrito de Sobrino que debo de tener metido en alguna carpeta lo pondré en este sitio, para que quien quiera alentar todavía su esperanza y su lucha y su fuego interno se lo lea.

Y ahora cierro, termino, que ya es hora de acabar con tanto desvarío.

Que la Luz os guíe, y que el Gozo y la Paz os sean estímulos, no opio para el alma.