domingo, 8 de diciembre de 2013

El singular combate de un caballero desarmado


Sin montura y sin armas ante el dragón veía el caballero con dolor como la feroz bestia sujetaba con una de sus garras a la doncella, entreabiertas sus fauces babeantes, dispuesta a devorarla. Nada podía hacer por liberarla, pues carecía de cuanto precisa un caballero para la lucha.

Miró en derredor buscando algo de que valerse a modo de arma, pero nada encontró. Tan solo piedras que lanzar, inofensivas caricias para una bestia del tamaño de la que enfrentaba. Ningún leño, ni rama rota, ni herramienta abandonada por algún labriego, ni nada que blandir a modo de lanza, espada o maza.

Sentía la impotencia oprimiéndole el pecho hasta impedirle casi respirar. Toda su dignidad de caballero se iba abajo, se hundía en un derrumbe que le llevaba hasta las mismas entrañas del infierno que para los desgraciados tenía destinado su paradigma.

Algo debía hacer, fuese lo que fuese y llevase a lo que llevase. Cualquier cosa menos quedarse impávido contemplando como la bestia desgarraba con sus fauces el cuerpo de la desdichada que aun sin ella saberlo le exigía actuar conforme a su código de honor de caballero.

Su cerebro giraba como las aspas de un molino al impulso de un viento huracanado. Si él no podía liberar a la doncella, alguien quizá podría hacerlo. Algún otro caballero que el destino trajese por aquellas senda. Alguien con más buena fortuna que la suya, que no hubiese sufrido la desventura de naufragar, al igual que él cuando el inepto barquero hizo que zozobrara la barcaza en la que cruzaban el caudaloso río que le dejó sin caballo y sin armas.

Pero él no era el destino. Él no podía hacer que ningún compañero de armas acertase a cruzar por allí en aquel instante ¿Como hallar a algún afortunado mortal en aquel momento? No podía ausentarse. No podía abandonar a la doncella para ir a buscar ayuda.

Estaba en un mar de dudas. Nunca quienes le habían instruido desde niño le habían hecho pensar situación parecida. Tan solo le habían dicho y repetido millares de veces que antes morir que abandonar el campo de batalla. Porque, ¿de qué sirve vivir bajo el oprobio, estar vivo sin honor?

No le cabía duda. Nunca estuvo en su mente la idea de rendirse. Sabía que vencer era imposible, pero el deber le obligaba a lanzarse a pelear, con armas o sin ellas.

Agarró una piedra, la mayor que tuvo a su alcance y acercándose a la bestia se la lanzó a la cabeza con ánimo de herirle en un ojo. No acertó a cegarle, pero sí a enfurecer a la fiera, que sin soltar a la doncella se giró hacia él rugiendo, abiertas de par en par sus espantosas fauces.

Se trataba de ganar tiempo, de evitar en la medida de lo posible la muerte de su dama. Así que agarrando cuantas piedras hallaba las lanzaba una tras otra a la cabeza de su monstruoso enemigo, el cual sin soltar su presa iba ahora a por él.

La lucha era desigual. La bestia tenía fauces y garras, en tanto que él no tenía más armas que las piedras, como un simple cabrero, no como corresponde a un caballero. Pero no le importaba. Iba a seguir en el combate, así fuese con piedras o con puños o con lo que pudiese hasta que la fortuna a o la desgracia marcasen el final.

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La fiera avanzaba hacia él furiosa por las pedradas que recibía. El caballero esquivaba los ataques de aquel pesado monstruo y agarrando piedras se la lanzaba con fuerza a la cabeza. El animal rugía mientras con pesados movimientos trataba de alcanzar a su agresor. Pero no soltaba a la doncella que tenía presa con una de sus garras. Era evidente que aparte de enfurecerle las pedradas no le hacían mella.

El caballero pensó que debía arriesgar más si quería herirle, así que agarrando una pesada piedra con ambas manos se acercó al enfurecido monstruo y cuando éste alargó el cuello hacia él con las fauces abiertas se la lanzó con fuerza y le dio, esta vez sí, en pleno ojo.

El rugido del dragón fue espantoso. Apartó su cabeza bruscamente y con una velocidad inesperada dio un giro sobre sí mismo y propinó un coletazo al caballero haciéndolo rodar por tierra.

Medio aturdido por el golpe vio cómo el dragón se le venía encima dispuesto a atraparle con sus dos garras delanteras. Eso le indicaba que había soltado a la doncella. Así era. Pudo ver como la muchacha se incorporaba y se esforzaba por alejarse de allí. 

Poco más vio. De un zarpazo lo agarró la fiera y lo alzó en el aire como si de un muñeco de trapo se tratara. Sintió la brutal presión de aquellas poderosas garras sobre su cuerpo. Forcejeó cuanto pudo intentando desasirse, pero fue inútil. Aquella bestia tenía una fuerza descomunal, acorde con su tamaño, y él no tenía ni un mal cuchillo con que herirle.

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Dícese “con la velocidad del pensamiento” y nada es más cierto, pues mientras volteaba por los aires antes de estrellarse contra la dura roca a la que el dragón lo lanzó con rabiosa fuerza, tuvo tiempo suficiente para hacer un repaso de todas sus hazañas. 

No sabía siquiera como se había convertido en caballero, pues carecía de linaje y nunca había recibido las enseñanzas propias de tal condición. Nacido en humilde cuna se fue pertrechando de cuanto iba encontrado en los desvanes de la vida y aprendiendo en cuantas lides su imprudencia le embarcaba. Nunca tuvo otro maestro de armas sino sus propios errores, de los que aprendió con dolor derrota tras derrota.

Ahora se veía librando su último combate. Era una victoria pírrica, pero era un triunfo, porque había logrado liberar a la doncella. Que ella lograse llegar a las puertas de la ciudad sin que la fiera la alcanzara ya no era cosa suya. Él había hecho cuanto le correspondía. /PC



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